Uno de los atributos más significativos del Estado, es asegurar el orden interno. Impedir que mafias u organizaciones delictivas, crezcan paralelamente a la organización estatal, es un deber del Estado. Nosotros, como ciudadanos respetuosos de la ley, amantes de la justicia y defensores permanentes de la convivencia armoniosa, exigimos que el Estado, a través de la gloriosa Policía Nacional del Perú y del Ministerio del Interior, reintroduzcan el concepto de orden en la sociedad. Como ya hemos sustentado en un artículo anterior: “Se dice con frecuencia que la inteligencia policial ya venció a un enemigo mayor y brutal que, además operaba en la clandestinidad, nos referimos a Sendero Luminoso (SL). ¿Por qué entonces las organizaciones criminales presentan mayores dificultades para su desarticulación? Es cierto que SL era una organización subversiva que tenía propósitos políticos, y que ahora los grupos criminales son múltiples, atomizados, distintos entre sí y responden a intereses diferentes. Ahora bien, si la inteligencia policial derrotó a SL, sobran razones para suponer que podrán desintegrar a la nueva ola criminal”. La función del Estado es disolver cualquier tipo de amenaza contra la seguridad interior; cualquier acción delictiva que oprima y obligue a los ciudadanos a vivir en una espantosa incertidumbre. Como observación crítica, sostenemos que, nuestra sociedad está degenerándose moralmente, ya que, el aumento delincuencial y la pérdida del respeto por la dignidad sagrada de la persona humana, son signos clarísimos del deterioro educativo. Si queremos contrarrestar los avances del crimen, tendremos que regenerar el sistema educativo.
LA SEGURIDAD Y EL ESTADO, columna de Alejandro Martorell
Licenciado en Ciencia Política