Opinión

La tentación del sufrimiento

“Perú hizo lo que pudo para remediar la ausencia de Paolo Guerrero ante Bolivia, y en su intento dejó claro lo mucho que lo necesita”

03 de Septiembre del 2017 - 07:00 Juan Carlos Gambirazio

La selección peruana parece encontrar en el sufrimiento el bálsamo ideal que marca el preámbulo del inicio del jolgorio. Es como si ese dicho que circula en nuestro imaginario y que ha sido íntimamente vinculado al fútbol, “se sufre, pero se goza”, adquiriera en nosotros un sentido mucho más profundo, un arraigo esencial. Al menos eso es lo que parece suceder con el equipo que dirige Ricardo Gareca. El sufrimiento se antoja como un paso imprescindible hacia la consecución de aquello que nos proponemos.

Perú sufrió ante Bolivia por cuenta propia, se complicó porque sí y casi lo paga caro. Más allá de los desaciertos propios de una formación atípica en comparación con lo que se vino mostrando en los últimos partidos de Eliminatorias, el desorden adquirió un matiz superior y hasta institucionalizado en el Monumental. Es posible que mucho de ello haya estado íntimamente relacionado con la ansiedad propia de ubicarse en una instancia tan próxima y decisiva como la actual, pero también hay algo de idiosincrasia innegable en nuestra práctica del fútbol.

Perú hizo lo que pudo para remediar la ausencia de Paolo Guerrero ante Bolivia, y en su intento dejó claro lo mucho que lo necesita. El regreso de Farfán le dio cierto peso a la volante nacional, pero también dejó constancia de que el jugador del Lokomotiv está bastante lejos de su mejor versión. Lo más preocupante y llamativo fue quizá el esfuerzo que Edison Flores hacía por desenvolverse en una posición que le era ajena. A pesar de eso, anotó un golazo y estuvo participativo como en cada partido que le tocó jugar.

No criticamos el trabajo de Ricardo Gareca, ni su planteamiento el último jueves, simplemente comprobamos que Perú es una selección corta, con pocas variantes en cada sector del campo y que depende en demasía de los titulares habituales. Además, se constató que a la selección le va mejor el papel de equipo no favorito, cuando le corresponde ser protagonista se complica, no consigue trasladar esa premisa a la realidad del juego y le cuesta una vida imponer condiciones. A Perú le tomó mucho ponerse arriba en el marcador y solo lo consiguió a través de un mal despeje de la defensa boliviana que Edison Flores supo aprovechar con un remate preciso, el segundo llegó casi de inmediato y recién entonces el equipo pareció percatarse de que era superior. Es a partir de ese instante que se empieza a jugar con más soltura y confianza, sin tensión y con vértigo. Es, en suma, el mejor momento de Perú.

Sin embargo, no pasó demasiado tiempo para que se pretenda cerrar un partido de manera prematura. De un momento a otro, y sin razón aparente, se interrumpió el envión anímico generado a partir de la obtención de la clara ventaja y se cedió a una parsimonia insípida e incoherente, tanto como los “olés” que saltaban desde las tribunas. Perú eligió frustrarse el dominio, comenzó a ceder espacios, llegó el gol de Bolivia y terminamos el partido con el aliento atorado, el corazón en la mano y un sinsabor asolapado. Es esa la tentación del sufrimiento a la que nos referimos y que urgimos erradicar antes de viajar a Quito a como dé lugar.

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