Cuando hablamos de tiranías comunistas en la región solemos referirnos sólo a Cuba y a Venezuela. Eso porque no miramos con la debida atención lo que viene sucediendo en Nicaragua desde 2007, cuando se inició el régimen del exguerrillero Daniel Ortega, quien como dice el “manual” del dictador latinoamericano, llegó al poder mediante elecciones limpias, para luego no irse nunca a través de cambios constitucionales, comicios truchos, compra de voluntades, destierro de opositores y rotura de la separación de poderes.
El último anuncio del gobierno del octogenario Ortega es que en su país no habrá más elecciones, lo que significa que se mantendrá eternamente en el poder junto a su esposa Rosario Murillo, una señora estrambótica digna de relato cargado de realismo mágico que de vicepresidenta pasó a ser “copresidenta”. Ambos, en la práctica, se han convertido en los dueños absolutos de Nicaragua, donde controlan a su antojo todo el Estado, a las Fuerzas Armadas y a la policía, que son sus aparatos de represión.
Recordemos que en 2018 hubo un intento ciudadano de poner un alto a esta tiranía bananera, el cual fue sofocado con sangre, fuego, detenciones, deportaciones, expropiaciones, retiros de nacionalidad y demás salvajadas. Muchas de las víctimas fueron incluso antiguos allegados al dictador. Naciones Unidas considera que estos sucesos dejaron al menos 300 muertos. Sin embargo, la dupla Ortega-Murillo se mantiene al mando de este empobrecido país centroamericano.
Son casi 20 años que gobierna este sujeto que en 1979 tomó el poder por la vía de las armas disfrazado de Fidel Castro, hasta su derrota electoral en 1990. En 2007, los nicaragüenses cometieron el gravísimo error de elegirlo como su presidente constitucional y ahí lo tienen hasta ahora en calidad de dictador que como “buen” tirano jurásico, considera que los opositores –todos en el exilio por el peligro que corren sus vidas– son agentes del imperialismo yanqui.
Nicaragua es uno más de los gobiernos parias de la región, junto con otros donde mandan dictaduras pestilentes, eternas y corruptas que han sumido en la pobreza a los ciudadanos. Irónico que las izquierdas que por años se han atribuido la “defensa de los derechos humanos”, callen en todos los idiomas y miren hacia otro lado ante lo que viene pasando en ese país que vive bajo las botas de Ortega, un sujeto que hace tiempo debería estar preso por asesino y ladrón. Es tiempo de mirar con más atención lo que pasa en Managua.