En enero, 1.917 gobiernos regionales y municipales iniciarán un nuevo periodo, muchos con nuevas conducciones políticas, mientras avanza la estación de lluvias. Un relevo de semejante magnitud amenaza la continuidad de trabajos preventivos. La lluvia no esperará ceremonias, auditorías ni disputas electorales.
¿Cuántos alcaldes entregarán sus cargos a antiguos adversarios? ¿Cuántas autoridades salientes alegarán que ya no tienen presupuesto para prevenir? ¿Cuántos entrantes preferirán buscar culpables antes que resolver problemas?
Imaginemos una quebrada obstruida. El alcalde saliente evita contratar su limpieza por temor a denuncias. El entrante cuestiona, pero todavía no gobierna. Uno teme decidir; el otro reparte responsabilidades. La quebrada, naturalmente, no vota.
Cuando lleguen las inundaciones, unos culparán a sus antecesores, otros reclamarán recursos y los ministros recordarán competencias. Sin embargo, la población exigirá respuestas al Gobierno nacional. Allí comienza la tormenta política.
Tampoco faltará quien responsabilice exclusivamente a El Niño. Pero la estación lluviosa ocurre todos los años y puede causar daños sin ese fenómeno. El Niño sería el funcionario perfecto: carga con todas las culpas y nunca se defiende.
Propongo redes regionales independientes de información y prevención, con universidades, colegios profesionales e instituciones técnicas, coordinadas con las autoridades. ¿Para qué? Para vigilar peligros, identificar infraestructura vulnerable, verificar trabajos pendientes y comunicar alertas locales. ¿Para qué independientes? Para que la información conserve continuidad y credibilidad aunque cambien autoridades y equipos. No reemplazan al Estado: ayudan a evitar que el relevo paralice la prevención.
El Ejecutivo necesita saber dónde está el peligro, quién debe actuar y qué no puede esperar.
Las lluvias pueden inundar ciudades; la descoordinación, Palacio. Cuando el agua entre en las viviendas, nadie preguntará quién ganó las elecciones, sino por qué el Estado volvió a llegar tarde. La tormenta no necesita ser perfecta para que el desastre sea monumental.