Hoy se celebra el centenario del nacimiento de José María Arguedas, el escritor que nos cambió la visión sobre el Perú. En efecto, un 18 de enero de 1911 nacía en Andahuaylas el literato que hizo de su dolor existencial y de su pasión por su patria combustibles para una obra cargada de profunda reflexión, pero también de humana ternura. Si, a semejanza de Juan Rulfo, Arguedas hubiese escrito una sola novela, no cabe duda que “Los Ríos Profundos” habría bastado para dotarlo de celebridad. Y es que Ernesto (el protagonista), ese muchacho maltratado, pero dotado de una sensibilidad hacia lo andino, es un espejo en el cual nos reflejamos todos los que pensamos, sufrimos, pero también celebramos este Perú de todas las sangres. Pienso ahora en el inevitable trauma de la conquista, en los arraigados prejuicios discriminatorios, y también en la bucólica nostalgia del indio que llega a la ciudad donde es incomprendido. Ya el Inca Garcilaso de la Vega, trescientos años antes, había intentado fusionar lo andino con lo occidental en aquel complejo concepto de identidad llamado mestizaje. Sin embargo, en la época en que Arguedas reflexionó al Perú, ya la independencia había mostrado su incapacidad para unir esos grandes abismos que separaban y enfrentaban a unos peruanos con otros.. Arguedas ahondó precisamente en las intimidades del alma andina y vivió la dolorosa sensación de no sentirse plenamente integrado en un país que rechaza lo ancestralmente nuestro y privilegia lo foráneo. Esa escisión socio económica entre el gamonal y el peón de campo, con su secuela de abuso y explotación, había marcado fuertemente sus primeros años. Pero simultáneamente el tierno apego por lo andino había hecho de él un indio de piel blanca que años después moriría en su intento de fusionarse en una sola identidad. Inevitablemente llegamos al Arguedas del cual nos cuesta hablar. Al ser humano que se quitó la vida producto de su desgarro existencial y de sus frustraciones culturales. Sin embargo lejos de ser un acto de evasión, hay que notar que luchó contra el fantasma de la autodestrucción. Ya anteriormente una amiga suya que ejercía el más antiguo de los oficios (un ángel diría yo) lo había disuadido de tan radical decisión. Luego trató de exorcizarse de sus demonios escribiendo incansablemente. Su póstuma novela “El zorro de arriba y el zorro de abajo” es un testimonio de su intento por aferrarse a una vida llena de contradicciones, pero también de pasiones artísticas como el huayno y la danza de tijeras. Hoy, a cien años de su natalicio, el mejor homenaje que podemos tributarle es leer y debatir su obra. Superar una mentalidad racista y materialista sigue siendo un desafío que nos permitirá sentirnos parte de una sola nación donde la diversidad, antes que separarnos, nos enriquece culturalmente.