Opinión

LA VIRGEN MARÍA EN LA POLÍTICA INTERNACIONAL

COLUMNA: MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ MACKAY

15 de Agosto del 2019 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

La Iglesia católica celebra hoy la Fiesta de la Asunción, uno de los más grandes dogmas sobre María, la madre de Jesús de Nazaret. María fue trascendental en la historia de la sociedad internacional, siendo invocada en las guerras de conquista y en los procesos de paz. Lo voy a explicar. No es curioso que los padres del derecho internacional, esto es, Francisco de Vitoria y Hugo Grocio, fueran fervientes devotos de María. Junto a ellos, muchos otros publicistas del denominado derecho de gentes tuvieron en sus construcciones intelectuales considerarse marianos por excelencia. Esforzados a morir en distinguir el derecho de la moral, terminaron, ganados por su fe, juntándolas. Aportaron al pensamiento (doctrina y magisterio) de la Iglesia sosteniendo que María era la mayor intercesora entre Dios y los hombres, convirtiéndola en el eslabón entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, que en rigor constituyen fuente del conocimiento de la historia del mundo antiguo. De hecho, muchas de las normas jurídicas internacionales producidas en 2000 años fueron concebidas considerando las verdades cristianas marianas. Toda la Edad Media fue una muestra de la fuerza escatológica de la fe mariana a propósito del enorme poder que alcanzó la Iglesia luego de la caída del Imperio Romano de Occidente el año 476 d.C. En el decurso de la historia de las relaciones internacionales, la humanidad invocó a la Virgen en diversos sucesos conflictuales, como la Primera Guerra Mundial (Aparición de la Virgen de Fátima, 1917). En 1950, el papa Pío XII, al advertir la trascendencia de María en la sociedad internacional, declaró por la Bula Munificentissimus Deus el dogma de la Asunción de María, es decir, que la Virgen fue elevada a los cielos por Dios y, además, en cuerpo y alma, distinta a la Ascensión de Jesús, por la que el propio Nazareno se elevó sin ayuda de nadie ni de nada porque era Dios. El Concilio Vaticano II (1962) desarrolló notablemente el sentido mariano que luego vimos en San Juan Pablo II trasluciéndolo en su lema apostólico “Totus tuus”, “Todo tuyo”, un signo de su consagración personal a María. El papa Francisco la llama la Madre de la Esperanza y la invoca en medio del conflicto, sobre todo pensando en los refugiados y en los migrantes, los más vulnerables, recordando para ellos el pétreo respeto del derecho internacional humanitario.

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