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Libia, después de Muamar Gadafi

Pero no se crea que con Gadafi todo era de maravilla. No. El imperio de la acción represiva con métodos sanguinarios, e infundiendo el miedo como regla, le permitió al dictador controlar el país.
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Miguel Ángel Rodríguez Mackay

Actualizado el 24/12/2016, 07:52 a.m.

El reciente asalto en pleno vuelo por el Mediterráneo con la toma de 118 rehenes de un avión libio por dos seudoactivistas, que confesaron al rendirse ser seguidores del defenestrado dictador Muamar Gadafi que gobernó Libia por 42 años -había sacado del poder al rey Idris proclamando al Estado musulmán, nasserista y socialista en 1969-, cuya muerte, el 20 de octubre de 2011, llevada adelante en el marco de la denominada Primavera Árabe, por sectores insurgentes, nos trae al análisis la situación actual de este país árabe africano que para muchos es considerado un Estado ingobernable -hay en la práctica hasta tres gobiernos que se arrogan el poder central: dos en la misma capital (Trípoli) y un tercero en las regiones del este que controlan los recursos petroleros-, dadas sus características determinadas por la violencia estructural y el caos. Con lo anterior, ¿qué ha llevado a los dos secuestradores a poner en primera plana otra vez la imagen de un tirano como Gadafi? Después de su horrenda muerte, el país entró en una etapa de caos total, de tal manera que se ha querido calificarlo de Estado fallido, es decir, de un Estado fallado que soporta una guerra civil donde la vida no vale nada, solo comparable al escenario político-social en Somalia, el otro país africano completamente anarquizado.

Pero no se crea que con Gadafi todo era de maravilla. No. El imperio de la acción represiva con métodos sanguinarios, e infundiendo el miedo como regla, le permitió al dictador controlar el país -tal como hace actualmente Kim Jong-un en Corea del Norte- y entonces, su caída promovida por la OTAN activó a esos grupos marginales que permanecieron como topos por largo tiempo. Hoy, el país se ha convertido en bastión de los grupos yihadistas y detener la barbarie interna es tarea de la ONU y la OTAN.

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