Opinión

Lima shipiba

En un corto lapso, dos incendios llenan de tragedia la ciudad de Lima. El último de ellos, el que arrasó con decenas de viviendas de los shipibo-conibos de Cantagallo, desnuda las políticas que rigen esta ciudad. Una ciudad -un régimen- que le ha dado la espalda a los habitantes y que hoy puede hacer poco por reparar una situación de desamparo y marginación.

06 de Noviembre del 2016 - 07:30 Luis Miranda

En un corto lapso, dos incendios llenan de tragedia la ciudad de Lima. El último de ellos, el que arrasó con decenas de viviendas de los shipibo-conibos de Cantagallo, desnuda las políticas que rigen esta ciudad. Una ciudad -un régimen- que le ha dado la espalda a los habitantes y que hoy puede hacer poco por reparar una situación de desamparo y marginación.

Conozco a varios vecinos shipibos de Cantagallo, la mayoría de ellos dedicados a la artesanía y también la música. Siempre me pareció que su presencia a la ribera del río Rímac era la oportunidad de acercarnos a esas culturas amazónicas que al igual que ellos viven menospreciadas en lo más remoto de los bosques, cerca de las fronteras y ejerciendo una peruanidad a prueba de los obstáculos más adversos.

Un barrio shipibo era un sueño personal, donde me hubiera gustado ver a gente como Pedro Ramírez Nunta (estudiante de turismo) y a su hermano David (pintor y músico) desarrollando las artes que han hecho famoso a ese pueblo fuera de nuestras fronteras. Un lugar donde podamos conocer sus tradiciones, comidas y formas de pensar relacionadas al ayahuasca y la medicina natural.

Hoy solo hay lágrimas, necesidad y desesperanza. Tenemos un alcalde ufano de llenar de cemento la ciudad, pero incapaz de ver las potencialidades de los seres humanos que conforman esta urbe cada vez más hambrienta de asfalto y vías de escape a un tráfico que ya es ingobernable.

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