Opinión

​¿Machismo o feminismo? N.A. Misandria pura y dura

Ese “feminismo” moderno, que ha sido capturado por las feminazis y por la ideología “progre”, que avergüenza incluso a muchas mujeres...

16 de Marzo del 2019 - 07:23 Eugenio D'Medina Lora

“La equidad de género está muy bien, y estoy a favor de eso. Yo soy antimachista y antifeminista” (sic.). La última oración de estas declaraciones a RPP de Roque Benavides, presidente de la Confiep, causó indignación en las feminazis y sus allegados ideológicos. Incluso cierto congresista social-progresista, que se disfraza de liberal, se animó a salirle al frente. De hecho, fue tanta su ira que olvidaron la oración anterior en la que Benavides erradamente aprueba la equidad de género, confundiendo una política de crear un resultado antojadizo con un derecho a la igualdad de oportunidades que, seguramente, todos aprobamos.

Pero se centraron en su segunda oración. Porque esas fanáticas fundamentalistas, y sus no menos desconcertados compinches masculinos, tienen pensamiento binario y ven el mundo solo en dos dimensiones de machismo-feminismo. Y feminismo en el sentido que las feminazis promueven. Es decir, no el feminismo original europeo o el que recoge la definición de la RAE, sino el feminismo como misandria, como odio a los hombres y a lo masculino. Como una nueva forma de totalitarismo que no pretende para nada la igualdad, sino los privilegios para un sexo en contra de otro. Solo que esta vez con cambio de sexo. Ese “feminismo” moderno, que ha sido capturado por las feminazis y por la ideología “progre”, que avergüenza incluso a muchas mujeres y termina ridiculizando y banalizando sus genuinas aspiraciones a ser mejores seres humanos.

Ante ello, hay que dar respuestas altas y claras. Porque el encarrilamiento mental al que somete a quien se aleja del rebaño es despiadado. Cuidado con sus locuras. Con ellos no se puede dialogar ni razonar. No nos dejemos arrinconar por este macartismo “progre”. Porque lo sano es, precisamente, no ser ni machista ni feminista, sino alejarse de los fundamentalismos y reconocernos todos, hombres y mujeres, como iguales en el respeto, en los derechos y en las recompensas a los méritos reales. 

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