Opinión

NO HAY QUE DEJAR TAREAS PARA LA CASA

Columna: MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ MACKAY

18 de Octubre del 2017 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

Como profesor de escuela que fui -estuve abocado a ella cerca de 10 años; y el resto que va, en la tarea educativa universitaria-, aplaudo con plena convicción la decisión del Gobierno regional de Ica de prohibir que los alumnos lleven tareas para la casa. Lo voy a sustentar. Los escolares permanecen en la colegio un promedio de 8 horas diarias y de lunes a viernes. Se trata de un montón de tiempo en que los estudiantes están abocados a tareas principalmente cognitivas, donde la atención para la recepción del aprendizaje es máxima. Sin embargo, no se crea que solamente están adquiriendo conocimientos. No. Los alumnos realizan actividades para confirmar que las clases impartidas por sus maestros realmente han sido aprendidas. Solamente así se asegura que hayan dado un paso en la fase sustantiva de su formación escolar, amén de otras que deben cumplir en el auténtico proceso de la formación integral. En los países desarrollados como Suecia o Dinamarca, que manejan altos estándares educativos, los infantes, los niños y los adolescentes realizan todas sus tareas en el colegio y dedican el tiempo posterior para profundizar sus niveles de relación con sus padres y sus hermanos. Los menores que son obligados a estudiar en casa terminan estresados y rechazando el conocimiento; este lo asumen como castigo porque se les ha arrebatado el juego, un bastión que defenderán a morir. Con el tiempo, se vuelven tiranos; porque asumen como una imposición de los padres -obedientes del sistema educativo- la absurda idea de que deben estar ocupados para aprovechar al máximo su etapa de “preparación para la vida”. Nada más errado, pues la mejor preparación para el futuro es contar con una vida doméstica fundada en la profunda interacción familiar que los haga hijos seguros, sin complejos y, lo más importante, llenos de felicidad; este debe ser el objeto central de la educación -y no hijos eruditos-, pues hombres felices siempre serán hombres de bien para la sociedad. Así, cuando deban afrontar el mundo de las competencias y las limitaciones, no se verán afectados.

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