La política peruana está infestada de frases curiosamente aplicadas a circunstancias, personajes o sectores a los cuales se les inyecta el término con un afán descalificador y peyorativo.
“Pareja presidencial” fue sagazmente creada por el expresidente Alan García para referirse a Ollanta Humala y Nadine Heredia, el matrimonio que según toda la información conocida, cogobernó entre 2011 y 2016, con actos que traspasaron incluso lo lícito y los llevó a una condena en primera instancia.
Este Congreso, vapuleado hasta la saciedad por justificadas razones, ha sido acribillado por los términos “leyes procrimen” y “pacto mafioso”, esgrimidos con ferocidad mortal y con un ánimo de sicariato ideológico para demolerlo y, si fuese posible, sepultarlo.
En las elecciones de 2021, todo aquel que se atrevió a dudar de la ecuanimidad del JNE de entonces, presidido por Jorge Salas Arenas, y de los resultados que emitió para llevar al triunfo a Pedro Castillo fue señalado como “fraudista”, algo así como un frankenstein de la falsedad y de la mentira. Poco importó entonces que Salas Arenas haya defendido a un terrorista y que Castillo haya sido parte del Conare-Sutep. El fraudista es fraudista porque lo es, no hay derecho a réplica dicen los talibanes de la imposición.
Pero cuando se dice “mafia caviar” se considera que la denominación es una afrenta, una ignominia. La “mafia caviar” no existe, reclaman pero, no obstante, luego aparece el exfiscal José Domingo Pérez como abogado defensor de Pedro Castillo y el exprocurador Julio Arbizú con la misma función para Piero Corvetto. Y entonces, ¿que hay de verdad tras las nomenclaturas?