Ante una nueva elección conviene recordar la realidad de toda potestas: el poder tiene fecha de caducidad, está condenado a fenecer. En efecto, como en el poema de Shelley, “nada queda a su lado /Alrededor de la decadencia de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas”. Todo termina, también la política activa. Todo vuelve al polvo, también lo que parecía inacabable.
Lo interesante del caso es que algunos que se consideran a sí mismos grandes políticos de formación y de carácter no atinan a comprender que ellos no son sujetos de poder, nunca lo han sido, y su papel se ha circunscrito al peligroso oficio de comentaristas de la cosa pública. Esta evasión de la realidad es tan compleja como psicológica. Una cosa es haber tenido un poder inmenso, definitivo, capaz de transformar objetivamente una circunstancia determinada. Y, teniendo tal potestad, hundirte en el abismo de la irrelevancia, momentánea o definitivamente. Pero otra muy distinta, otra cosa es no haber tenido poder jamás y considerarse a sí mismo como un hombre de Estado al que todos deben escuchar. He observado esta extraña patología más de una vez, con estupor y curiosidad. Sí, es insólito contemplar a estos personajes que profetizan todos los desastres y yerran una y otra vez, contaminando con sus odios a benefactores, amigos y camaradas. El mundo antiguo repudiaba a tales personajes, no por pesados, sino por salados.
Por eso, amigo lector, si a tu lado gesticula uno de esos profetas que siempre se equivoca y que ensaya, ante su error habitual, el repertorio de las excusas y los pretextos de los perdedores, aléjate de él. ¿A quién le ha ganado? Vade retro, ciérrale la puerta. Exilio y silencio, damnatio memoriae. Porque estos “gigantes” tienen pies de barro, son tigres de papel y nunca se arruinan solos. Con tal de no hundirse, con tal de salvarse, ahogan a todos los ingenuos que se acercan a prestarles atención.