Opinión

Ozymandias y Escipión

COLUMNA: MARTÍN SANTIVÁÑEZ

22 de Febrero del 2018 - 07:00 Martín Santivañez

No hay grandeza que no haya de ser abatida. Como en el soneto de Shelley, el destino de todo poder terrenal es convertirse en ruinas colosales, infinitas y desnudas, pero ruinas al fin y al cabo. Aquello que se funda sobre la ciudad del hombre está condenado a desaparecer, esto ya lo sabía el águila de Hipona. Las dictaduras tropicales que surgieron impulsadas por el socialismo tarde o temprano han de ser juzgadas por la historia. Los colosos revolucionarios con pies de barro pueden durar unas décadas apoyados por la bota militar, pero siempre serán recordados como lo que verdaderamente son: una tiranía indefendible a la que ninguna persona de buena voluntad se debe plegar.

Esto ha sido comprendido muy bien por los demócratas peruanos de casi todos los partidos políticos, menos por los filochavistas de la izquierda. La crítica a la clase política es generalizada, pero también debe resaltarse cuando nuestros políticos se fajan en nombre de la libertad. Es justo reconocer que la libertad de Venezuela, cuando llegue, habrá sido impulsada por muchos líderes en el mundo, los peruanos en primera fila. De manera abierta, sin complejos de falso progresismo, sin hipotecas ni deudas con el chavismo, varios de nuestros mejores políticos han defendido una Venezuela libre como tenemos que defender todo territorio secuestrado por la ideología comunista de la esclavitud.

Las estatuas del poder perecerán, pero la defensa de la libertad será eterna en el cielo, allí donde toda acción noble se recuerda por siempre. Por un instante supremo, defendiendo la libertad de Venezuela, el sueño de Escipión, el cielo para los buenos políticos, se ha hecho realidad.

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