Opinión

Pasamayo y los ecos de la desidia

Columna de Eugenio D'Medina Lora

06 de Enero del 2018 - 07:03 Eugenio D'Medina Lora

Se llama “Red Vial 5” a la concesión de la “autopista” Ancón-Pativilca, debido a que en su concepción inicial, en 1997, incluía el tramo transversal Lima-Canta-Huallay hasta el empalme con la longitudinal de la sierra, a fin de convertirla en alterna a la Carretera Central. Se pensó que la autopista debía estar lista en tres o cuatro años. La idea era facilitar el nutrido tráfico del norte chico y aligerar la carga de la Central, hoy colapsada 20 años después. 

Pero en 2003, cuando se concesionó para hacerla más atractiva al mercado, se eliminó el tramo transversal -con lo que dejó de ser propiamente una “red”- porque no daba rentabilidad. Así se dejó solo la autopista, con el añadido de que el compromiso para construirla se postergó para los años 13 y 14. Eso sí, se entregaron los peajes de Ancón y El Paraíso desde el primer día y la autorización para incrementarlos.

Los “estrategas” de ProInversión no exigieron al concesionario hacer más obras que la autopista. Si descartaron la inversión en el tramo transversal, pudieron exigir contractualmente una ampliación del Serpentín, o de la Variante, cuya construcción data de los setenta. Nada se hizo para seguir “haciendo atractivo” el proyecto al sector privado. Fueron generosos con Norvial, por cierto, y solo de pasada, empresa del grupo GyM. Y recién ahora, cuando el monstruo despierta de su letargo y se traga más de medio centenar de vidas, reparamos en que había que mejorar ese paso vial, no solo porque los vehículos pesados ahora son más grandes que hace 50 años, sino porque ha aumentado el tráfico desde entonces.

Ya está. Nos costó la vida de 52 peruanos para aprender la lección. Costo doloroso. Solo quedan los ecos de la desidia. Entre tanto, tratemos de convencernos que no somos un país del quinto mundo.

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