(viene...) Diccionarios hechos en Perú Es triste que los escolares peruanos no puedan consultar un diccionario hecho en el Perú y no encuentre en sus páginas las palabras que usa a diario para comunicarse, a pesar de que Perú tiene una rica historia de esfuerzos individuales en favor de este propósito. Todo empezó hace más de un siglo, cuando Juan de Arona (seudónimo de Pedro M. Paz Soldán) publicó su Diccionario de peruanismos (1883). Poco después Ricardo Palma publicó sus Neologismos y americanismos (1896), un año después de la muerte de Arona, con quien tuvo enormes diferencias, aunque el mismo amor por el idioma. Palma había propuesto la incorporación de una docena de voces en Madrid en 1892, que fueron desdeñadas en el primer momento, pero pronto se aceptaron 141 de las más de quinientas que incluyó en su opúsculo, lo que le llevó a publicar un libro con todas sus Papeletas lexicográficas (prometía más de 2700 pero eran unas 2550). Para entonces, el asunto de la justificación de los americanismos ya estaba en realidad prácticamente resuelto y no era tan necesario acudir a fuentes y autoridades: es la democracia de la lengua, el imperio del uso mayoritario el que impone su voluntad y a Palma le basta encontrar la palabra en la conversación o en sus lecturas para exigir, indefectiblemente, “la aceptación académica”. Palma cita a Arona en siete entradas (en pantorrilla sólo para decir que es muy ameno el comentario que hace) y le basta señalar que Arona “discurre en defensa de este vocablo”, o “hace apología de esta palabra”, con lo cual se ahorra el esfuerzo de panegíricos. Ya no se apoya en autoridades, salvo en el caso de anticucho en que cita una comedia de Felipe Pardo. La preocupación por la “pureza” del idioma empieza a dar paso al afán de su descripción “científica”, aunque con torpezas como la recopilación exagerada de derivados no lexicalizados: “sepultable”, “sometible”, o creaciones efímeras como “multípedo” (¡insecto de muchos pies!), que no es nombre de ninguno: no basta que sea posible en el sistema, porque debe darse en la norma general o regional (la que los académicos aciertan más o menos a describir). Influido por el “ilustradísimo” lingüista gaditano Eduardo Benot (1822-1907), Palma tiene un concepto democrático del lenguaje: “No creo que la intransigencia sistemática dé esplendor al idioma”. Arona defiende la palmeta del gramático, aunque sin excesos: “Las lenguas como las gentes, señores usuales, requieren castigo y rigor; pero no tanto que revienten, señores ultra.” Dos posiciones encontradas que perduran, de distintos modos, hasta la actualidad. Ambos lucharon para que el Diccionario rompiera su aislamiento peninsular y volviera a recibir voces americanas tal como lo había hecho en sus inicios, con palabras como “maguey”, “mate” o “mazamorra”, cuando convocó al presbítero piurano Diego de Villegas y Quevedo. En 1953 Rubén Vargas Ugarte publica un Glosario de peruanismos reuniendo los que no hallaba citados por la Academia, en Terreros ni en Arona. El copioso vocabulario de Pedro Benvenutto Murrieta (1913-1978) todavía no ve la luz, y en su lugar se publicaron los repertorios del embajador Juan Álvarez Vita (1990) que acaba de reeditarse (2010) y póstumamente el del profesor sanmarquino Miguel Ángel Ugarte Chamorro (1997). Los Peruanismos (1969) de Martha Hildebrandt no forman un diccionario, sino un estudio de la etimología, usos y productividad de un buen número de términos. En El habla culta aclara dudas de carácter normativo (“haya” y no “haiga”). Rodolfo Cerrón Palomino, en Voces del Ande (2008), descubre etimologías de palabras tomadas del quechua y el aimara y define la forma recomendable: calapurca y no carapulca ni carapulcra. Descripción y norma son siempre las dos fuerzas que mueven la redacción de diccionarios, y es que la democracia de la lengua no da palos de ciego en el vacío, sino que se mueve siempre hacia un ideal ejemplar que los buenos escritores saben aquilatar y los buenos académicos recoger para presentarlo en cada lugar como norma recomendable al buen uso (no es mecanismo indiferente sino responsabilidad compartida) del idioma común. (*) Universidad de Piura www.carlosarrizabalaga.blogspot.com