Opinión

¿Por qué el embajador francés fue condecorado en Palacio?

​El viernes último, el presidente Pedro Pablo Kuczynski condecoró con la Orden El Sol del Perú -creada por José de San Martín en 1821- al embajador saliente de Francia en el Perú, Fabrice Mauriès

27 de Agosto del 2017 - 09:36 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

El viernes último, el presidente Pedro Pablo Kuczynski condecoró con la Orden El Sol del Perú -creada por José de San Martín en 1821- al embajador saliente de Francia en el Perú, Fabrice Mauriès. 

Ha llamado la atención que la ceremonia sea en Palacio de Gobierno, pues regularmente es en Torre Tagle e impuesta por el canciller de la Orden, que es el ministro de Relaciones Exteriores, y no por el Gran Maestre, que es el jefe de Estado, y, aunque finalmente bien por Mauriès -en la ocasión en que me invitó a almorzar en su residencia, junto a otras personas, me pareció desde el arranque un tipo afable, inteligente y sagaz, con buen español y muy metido en la tarea de velar por los intereses de su país-, permite confirmar en torno del gravísimo suceso del pasado 14 de julio -Día Nacional de Francia- en la residencia del embajador galo, lugar al que asistió el presidente Kuczynski pero no nuestros diplomáticos debido a una insólita instrucción del canciller Ricardo Luna, que luego fuera filtrada a la prensa, nunca jamás rebatida, y, lo que es más grave, hasta ahora no explicada por el embajador Luna, dejando en el aire al mismísimo presidente del Consejo de Ministros, Fernando Zavala, quien, incapaz de poder ocultar o evadir a los medios la verdad de la insólita instrucción de Luna, no tuvo más salida que prometer al país que sería el propio canciller el que explicaría acerca de la torpe y majadera medida, cuya consecuencia más letal para los intereses del Perú fue la notificación del gobierno de Francia de la cancelación del viaje a Lima del presidente Emmanuel Macron, previsto para el inminente mes de setiembre. 

El presidente Kuczynski ha querido subsanar el gigantesco error de su ministro, pero, de buena fe, ha terminado sentenciándolo y, lo que es peor, la fina diplomacia francesa no solamente no hará nada para revertir la decisión del Palacio del Elíseo, sino que nos mostrará muy pronto el tamaño de su látigo por la ofensa proferida en el día más emblemático de su historia nacional y de extraordinario legado universal. 

En diplomacia, los gestos pueden revertir los errores, pero cuando son insubsanables, solo queda un camino para atenuarlos: la RENUNCIA. El canciller LUNA, que sigue en la luna, debe hacerlo. 

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