Opinión

Por una pendiente

No es justo gastar los pocos recursos institucionales en ir al rescate de indolentes e irresponsables que, año tras año, lluvia tras lluvia, salen al encuentro de ministros y sus comitivas, con el poco digno espectáculo de extender la mano mendicante. En nada hemos cambiado.

21 de Febrero del 2017 - 07:06 Rolando Rodrich

Somos horizontales, planos, llanos, tanto así que, visto desde alguna aeronave, es difícil esconderse. Esa horizontalidad geográfica pareciera que también nos hace ciudadanos superficiales. Y cuando lo olvidamos, la naturaleza se encarga de recordárnoslo. Un poco de agua caída del cielo sobre este desierto, que debería hacernos bailar de alegría, nos deja como corral de patos, entre fango pestilente. Pasamos entonces del carnaval festivo a la danza macabra. Nos brota ese otro yo que usamos en los entierros, sazonados por las plañideras, esas lloronas que a punta de quejidos y sollozos nos arrancan lágrimas a la fuerza. Lo curioso es que el agua solo hace daño en los lugares donde los habitantes ya lo saben y lo esperan. Saben que viven en un hueco y nadie les obligó a construir allí. Porque, valgan verdades, el único problema del agua en estas ciudades es que sus mismos habitantes no hemos respetado las poquísimas pendientes que la naturaleza creo. Todas van, o iban -Oh gran novedad- hacia el río, y el río hacia el mar. Pero las hemos bloqueado de puro ignorantes o indolentes que somos. Aquí, si las autoridades fuesen un poco sabias deberían obligar a que toda obra relativa a calles, pistas o veredas, inmuebles y urbanizaciones, etc., debe incluir en el contrato, una cláusula sobre el drenaje pluvial. Y si no lo tiene, no se aprueba. La autoridad municipal y regional está en la obligación de recordar permanentemente un mapa de cotas y niveles para que nadie diga después que no sabía. No es justo gastar los pocos recursos institucionales en ir al rescate de indolentes e irresponsables que, año tras año, lluvia tras lluvia, salen al encuentro de ministros y sus comitivas, con el poco digno espectáculo de extender la mano mendicante. En nada hemos cambiado.

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