Mientras algunos candidatos entran a una recta final de infarto por un lugar en la segunda vuelta (con la ineficaz y desprestigiada ONPE como árbitro), otros ya se “murieron” en el camino. No nos referimos a los líderes de partidos como APP, Somos Perú, Podemos o Perú Libre, quienes tuvieron un fracaso absoluto en la últimas elecciones sino a Ricardo Belmont y Carlos Álvarez, quienes pese a su buena votación prefieren retirarse de la política. Uno apelando a la edad; el otro, denunciando que la política es un espacio “sucio”. Más que decisiones personales, parecen confesiones involuntarias sobre la fragilidad de sus propios proyectos.
Porque si algo queda en evidencia es la ausencia de estructuras políticas sólidas detrás de estas candidaturas. No hubo partido, no hubo programa, no hubo continuidad. Solo campañas que giraron en torno a nombres propios, a carisma o a rechazo del sistema.
La política, por definición, es conflicto, desgaste y contradicción. Quien entra en ella sin vocación de permanencia no está renovando el sistema, lo está precarizando.
El problema no termina con su salida. Detrás de estas candidaturas quedan congresistas electos que ahora enfrentarán un escenario de orfandad política. Sin liderazgo, sin línea ideológica clara y sin una organización que los sostenga, su actuación en el Parlamento corre el riesgo de diluirse en el oportunismo o la improvisación. Es el costo silencioso de las aventuras electorales: instituciones debilitadas y representación fragmentada.