Una noche reciente estábamos reunidos un grupo luego de la presentación del libro de poesía de un amigo nuestro en Trujillo. Dos amigos, coincidentemente piuranos, debatían en tono lúdico, una conversa típica de varones. Uno de ellos le recriminaba, medio en broma, medio en serio, que cómo era posible que la chica que lo había acompañado hasta hace poco lo haya “abandonado” y no esté más con él, que haya abandonado el barco y se haya ido no sé a dónde. “Eso no se le hace un piurano”, le remachaba. Sin embargo, el otro, luego de sonreír medio incómodo, le respondió: “No voy a caer en tu retórica machista”.

El asunto fue tomado entre risas, sin embargo a mí me dejó un (inesperado) buen sabor de boca. Estamos hablando de dos personas que pasan los cuarenta, y que son de Piura, una ciudad machista en lo general.

Ayer, durante el día, el grupo de Whatsapp de mi promoción del colegio San Juan de Trujillo, un colegio nacional exclusivamente de varones, debatía el tema en torno de la mujer, y saltó el asunto de la contratación de Andy Polo en Universitario. Había voces repudiando el hecho y otras tratando de separar lo futbolístico de lo “moral” (el término lo usó uno de ellos). Pero sorprendentemente para mí, quienes condenaban la contratación eran mayoría. Me sorprendió porque todos estamos ya en los cuarenta y fuimos educados dentro de un contexto muy machista, más aún en un colegio de varones como el nuestro.

Y en nuestras amistades de cerveza, fútbol y otros el tema no ha sido soslayado. Eso es un logro evidente del feminismo, que sí, no siempre tendrá la absoluta razón y puede ser susceptible de críticas alguna vez, pero es qué duda cabe una de las revoluciones más importantes de estos tiempos, si es que no la más importante. Está cambiando nuestra forma de pensar, nuestra forma de ver el mundo, tradicionalmente hostil para ellas. Y esa es una reflexión después del 8 de marzo.