Opinión

SAN ÓSCAR ROMERO: EL SALVADOR DE LA VERDAD

COLUMNA: MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ MACKAY

15 de Octubre del 2018 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

Desde ayer, Óscar Arnulfo Romero (1917-1980) es santo y el primero de la Iglesia salvadoreña contemporánea, que fue cobardemente asesinado mientras celebraba misa. Las investigaciones posteriores confirmaron que la ultraderecha de ese país, en un éxtasis de intolerancia, lo mandó eliminar porque consideraba su discurso y pensamiento una amenaza por su supuesta orientación comunista. El valiente prelado se había convertido en la voz de los afligidos y su prédica era una advocación permanente por la justicia. Óscar Romero jamás apartó de su verbo el sentido escatológico del Evangelio y lo mataron porque era un hombre valiente de grandes convicciones, una virtud ausente en estos tiempos y que, además, decía las cosas directamente sin calcular que sea lo que los demás quisieran que diga, sino lo que él consideraba justo y correcto. Gran lección para los que hablan o escriben alienados. Los prejuiciosos radicales, por el solo hecho de defender a los pobres, tildaron a Romero de revolucionario comunista, que se valía del púlpito para ganar adictos contra el régimen. Grave error con enormes signos de ignorancia. Luchar por los pobres no es un atributo de comunistas ni de capitalistas.

El comunismo surgió en el siglo XIX bajo el pregón de la lucha de clases sostenida por los marxistas que mostraron las diferencias sociales entre ricos y pobres, acrecentadas por la plusvalía. Satanizar el comunismo es un completo error. Los que no lo somos -sin que tampoco seamos de derecha-, debemos reconocer la fuerza de su método. Tanto en Harvard como en la Universidad Estatal de Moscú, es imposible que no hayan leído a Marx y a Smith, respectivamente, cuidando siempre de no contaminarse del referido prejuicio académico. En San Marcos, los leímos rigurosamente en el marco del probado pluralismo intelectual. Mi apego a las grandes verdades de la doctrina social cristiana, al consagrar que los pobres son los primeros, confirma mi admiración por la gesta del ahora santo salvadoreño, que nunca calló por denunciar la violación sistemática de los derechos humanos en su país. Con su canonización, la obsecuencia que lo acabó ha sido derrotada.

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