Durante décadas, el rol de la empresa se entendió de forma bastante acotada: producir, generar empleo y crecer. Esa visión quedó atrás. Hoy, las empresas operan bajo un concepto mucho más amplio, donde su impacto social forma parte del propio modelo de negocio.
En el Perú, esto no es un discurso teórico. Cada vez son más los casos de empresas que ofrecen a sus trabajadores mucho más que un salario: acceso a financiamiento, apoyo en educación y salud, e incluso facilidades de transporte. Pero el alcance va más allá. Muchas participan activamente en el desarrollo de infraestructura y servicios para las comunidades donde operan, contribuyendo al cierre de brechas que históricamente han sido responsabilidad del Estado. Mecanismos como Obras por Impuestos o las asociaciones público-privadas han permitido canalizar esta participación. Gracias a ellos, se han ejecutado proyectos relevantes en educación, salud e infraestructura. Sin embargo, este esfuerzo enfrenta limitaciones. La burocracia, las demoras en procesos clave y, en algunos casos, señales contradictorias desde el propio Estado terminan desincentivando la participación privada.
El problema no es la falta de voluntad del sector empresarial. Por el contrario, existe interés en colaborar más activamente con el desarrollo del país. Lo que falta es un entorno que lo facilite. Entender el rol de la empresa en el Perú de hoy implica reconocer que no es solo un generador de crecimiento, sino también un actor clave en la mejora de la calidad de vida. Limitar ese rol, en lugar de potenciarlo, es desaprovechar una de las principales capacidades que tiene el país para avanzar. La empresa es socia del Estado.