Opinión

Temor al escándalo

COLUMNA: Rolando Rodrich

21 de Agosto del 2018 - 07:00 Rolando Rodrich

El Papa ha hablado y ha hecho bien, aunque nada de lo que diga será lo suficientemente fuerte para atenuar el intenso daño causado sobre miles de niños y personas que han sufrido abusos de parte de sacerdotes católicos. En días pasados, el Vaticano había expresado vergüenza y dolor, pero ahora Francisco ha sido más duro. Una cultura del silencio y el temor al escándalo han sido cómplices de estos crímenes. El rol del sacerdote, llamado a ser salvador de almas, educador y protector de niños y jóvenes, pasó a transformarse en depredador impune. Sería injusto generalizar, pero los casos suman miles en todas partes del mundo. Y han dañado también, además del “pueblo de Dios” -como lo llama el Papa-, a todos aquellos sacerdotes, religiosos y miembros de la Iglesia católica que tanto bien le hacen a la humanidad. Pero este mea culpa y perdón pedido por Francisco no es lo más importante. Es el llamado que ha formulado a la comunidad católica a denunciar todo aquello que pueda representar un peligro para niños y personas en el entorno de la Iglesia. El Papa sabe muy bien que los depredadores no hubieran conseguido abusar si no fuera porque hubo quienes los encubrieron, minimizaron las denuncias y los protegieron. La Iglesia tiene que cambiar en su anquilosada estructura, donde una rígida organización vertical solo favorece el silencio, permite el ingreso a sus filas de quienes no reúnen garantías morales e impiden el aporte de los laicos, cuya presencia y participación podría ayudar a fiscalizar conductas desviadas. Mucho tiempo y trabajo de los buenos curas y religiosos le costará a la Iglesia recuperar esa credibilidad y confianza en el rol tan importante que cumple en la vida de las personas.

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