Opinión

Terrucos en libertad

​Gracias a la benevolencia con que se trató a los terroristas tras la caída del gobierno de Alberto Fujimori, los peruanos nos tendremos que acostumbrar a convivir en libertad con criminales de alto vuelto y responsables de horrendas masacres que inicialmente fueron condenados, con total justicia, a cadena perpetua, pero que años más tarde tuvieron que ser nuevamente procesados. El caso de Maritza Garrido Lecca es apenas uno de muchos.

06 de Septiembre del 2017 - 07:30 Iván Slocovich

Gracias a la benevolencia con que se trató a los terroristas tras la caída del gobierno de Alberto Fujimori, los peruanos nos tendremos que acostumbrar a convivir en libertad con criminales de alto vuelto y responsables de horrendas masacres que inicialmente fueron condenados, con total justicia, a cadena perpetua, pero que años más tarde tuvieron que ser nuevamente procesados. El caso de Maritza Garrido Lecca es apenas uno de muchos.

Recordemos que a estos criminales no solo se les volvió a procesar y se les bajó la sanción -como a la terrorista Garrido Lecca, que de cadena perpetua pasó a recibir 25 años que se cumplen la otra semana-, sino que en muchos casos el Estado tuvo que indemnizarlos por disposición de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Recordemos el caso de los emerretistas chilenos que secuestraron y mataron. Hoy están libres en su país y bien forrados con nuestra plata.

Las sentencias que en su momento dio la justicia militar fueron un mal necesario propio de una coyuntura en que los magistrados civiles se negaban a condenar a terroristas convictos y confesos por temor a ser asesinados, tal como sucedió en muchas ocasiones. Sin embargo, los nuevos procesos no tenían por qué ser benevolentes con semejantes criminales que, como en cualquier país, debieron permanecer en prisión hasta el final de sus días, como Abimael Guzmán.

Y a propósito de la próxima salida a la calle de la terrorista Garrido Lecca, hasta ahora no se ha convocado a ninguna marcha a la Plaza San Martín de esos que se dicen “defensores de derechos humanos”. Estamos ante una criminal de alto vuelto que albergó en su casa al responsable de la muerte de miles de personas y de una de las peores tragedias que ha vivido el Perú. Es verdad que la mujer ya cumplió su condena, pero la indignación no debería saber de plazos legales. ¿Dónde están?

Los que actuaron con benevolencia y permitieron la reducción de condenas a terroristas y el relajo total de sus duros y justos regímenes carcelarios de media hora de patio al día en solitario nos deben una explicación a los peruanos. No hemos terminado de cerrar las heridas abiertas desde el 17 de mayo de 1980 y ya nos están soltando a los verdugos que, en muchos casos, no han mostrado un ápice de arrepentimiento ni “resocialización”.

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