La salida de Denisse Miralles de la Presidencia del Consejo de Ministros, a solo un día de presentarse ante el Congreso para solicitar el voto de confianza, no es una anécdota más: es la confirmación de que el Gobierno ha perdido el control de sí mismo. Veintiún días de idas y venidas han sido suficientes para que otra crisis política borre lo poco que se había intentado construir. Otra vez, todo vuelve a cero. Otra vez, el país retrocede.
Lo ocurrido no sorprende. Todo indicaba que el Congreso no otorgaría la investidura al gabinete. Las bancadas ya habían marcado distancia y la desconfianza hacia la premier era evidente. En ese escenario, la renuncia no parece un acto de responsabilidad política, sino el desenlace previsible de un cálculo mal hecho. Una vez más, los intereses, las negociaciones y los pulsos de poder en el Parlamento terminan imponiéndose sobre cualquier intento de estabilidad.
El problema es que esta no es una crisis aislada. Es parte de un patrón que ya se ha vuelto crónico. A menos de un mes de las elecciones generales, el país debería estar enfocado en debatir propuestas, contrastar visiones de futuro y fortalecer su institucionalidad democrática. En cambio, seguimos atrapados en una suerte de improvisación, renuncias y gobiernos que nacen débiles o mueren antes de empezar.