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TRES MANERAS DE MORIR, columna de Bryan Paredes

Columna de opinión.

Bryan Paredes

Actualizado el 01/08/2026, 08:26 a.m.

Facundo Montiel regresa a su tierra, Chulucanas, en un doble viaje: el físico y el emocional. El segundo inicia desde antes de que aborde el avión que lo llevará de España a Perú para enterrar a su padre. Mira su infancia, ese mundo que parece abandonado para siempre pero cuyos restos todavía le generan más preguntas sobre su vida hasta ese momento. Así es el protagonista de “Tres maneras de morir” (Seix Barral, 2026), la reciente novela del escritor Luis Eduardo García. Facundo recuerda que, cuando era niño, mataba mariposas y se siente culpable de su progresiva desaparición en Piura y en el mundo. Rememora su relación tirante con su padre, con sus reproches y rencores. Habla su memoria, la mayor parte del tiempo, mientras intenta resolver otro duelo, el de su amor por H, un romance que termina con una traición inesperada. La historia está centrada, sobre todo, en esa ruptura, narrada en un comienzo desde el dolor, un sentimiento que, gracias a la destreza del autor, toma otros matices para salir del agujero del despecho y encontrar otras lecturas. Es lo que suele ocurrir cuando se vuelve a mirar un amor que se ha ido: se mira desde la cólera, la tristeza, el cariño, la ternura, el deseo y una vez más la cólera y así, en ese caos, vuela Montiel, como una mariposa, que espera encontrar un lugar donde, por fin, sea el que busca ser hace mucho tiempo. Si no mencionamos la edad del personaje, como lo he hecho hasta ahora, podríamos pensar que se trata de un joven que está por transformarse en un adulto. Pero no es así. Facundo tiene setenta años, está jugando el último tiempo de su vida, se mira a sí mismo desde el cuerpo y las emociones, sin esconderse detrás de la idea construida de que un hombre, a esa edad, ya no debería tener esas preocupaciones, y eso lo hace un personaje memorable, porque es todo lo contrario y expone su vulnerabilidad. Y ese es un gran acierto del poeta Luis Eduardo García: no solo ver la cicatriz, sino también la herida o, incluso, cómo uno sufrió esa herida o cómo herimos a los otros. Es un libro que, desde distintas perspectivas, como la literatura, la ciencia o el tarot, abre más interrogantes. Facundo Montiel se reconoce como un “fugitivo de sí mismo”, que no sabe lidiar con sus duelos ni con el vacío que siente después del fallecimiento de su padre. Si después de la muerte no hay posibilidad de reconciliación, ¿qué queda? Esa pregunta abre el viaje más importante que realiza Montiel en esta novela: el perdón.

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