Opinión

Trump incendia la pradera en el Medio Oriente

Columna: MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ MACKAY

07 de Diciembre del 2017 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

Donald Trump incendia la pradera en el Medio Oriente con el reciente reconocimiento de Jerusalén como capital Israel. Esta decisión -que fue una promesa de campaña cuando candidato- supone también el traslado de la sede diplomática estadounidense de Tel Aviv hacia la propia Jerusalén, aunque, como astutamente ha anunciado el presidente neoyorquino -para atenuar el bombazo que ha lanzado a la tranquilidad internacional-, se hará todavía en el lapso de 3 años. La reacción árabe y en general musulmana no se ha hecho esperar, incluso decretándose 3 días de indignación popular, camino expedito hacia una guerra santa o Intifada. La violencia en el Medio Oriente concentrada en los últimos años en Siria, por la guerra que soporta desde hace 6 años, vuelve a otorgar su espacio a la crisis palestino-israelí que tiene 70 años. Con esta decisión, además, Trump colisiona con el espíritu de la Resolución 181 del 29 de noviembre de 1947 que recomendó la creación de dos Estados: Israel y Palestina, así como la jurisdicción y administración internacional para la ciudad de Jerusalén. Más allá de este asunto muy sensible por sus connotaciones religiosas y que contó con una fórmula idónea para una ciudad que las tres religiones monoteístas más importantes de la historia de la humanidad: judaísmo, cristianismo y islamismo, se han atribuido como suya, el problema central y de fondo ha sido distraído y hasta ninguneado; es decir, la devolución por Israel de los territorios palestinos ocupados luego de la Guerra de los Seis Días (1967) que produjo dos clarísimos fenómenos: los refugiados palestinos y los asentamientos judíos. Israel tiene derecho de vivir en paz, pero con el padrinazgo de una Casa Blanca jamás revelada directamente sionista no lo va a conseguir. Es una pena que, con esta actitud, Washington -que viene recibiendo el rechazo por la mayoritaria comunidad internacional ante esta decisión- pierda su calidad de actor imparcial en la crisis entre judíos y árabes, sepultando las negociaciones avanzadas en los últimos 22 años, y exacerbando los radicalismos islámico y sionista.

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