Opinión

Un dios mortal

COLUMNA: MARTÍN SANTIVÁÑEZ

07 de Febrero del 2019 - 07:00 Martín Santivañez

Según Hobbes, la causa de introducir una restricción a la propia libertad radica en “el deseo de abandonar esa miserable condición de guerra que es consecuencia necesaria de las pasiones naturales de los hombres, cuando no existe poder visible que los tenga a raya y los sujete”. De esta manera, la construcción del Estado, el poder visible, está en función del constreñimiento de “las pasiones naturales” porque “los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras, sin fuerza para proteger al hombre en modo alguno”. La violencia legítima es la base del modelo estatal.

Siendo así, “la multitud así única en una persona se denomina Estado, en latín civitas. Esta es la generación de aquel gran Leviathan, o más bien (hablando con más reverencia), de aquel dios mortal, al cual debemos, bajo el Dios inmortal, nuestra paz y nuestra defensa, porque en virtud de esta autoridad que se confiere por cada hombre particular el Estado posee y utiliza tanto poder y fortaleza que por el terror que inspira es capaz de conformar las voluntades de todos ellos para la paz en su propio país y para la mutua ayuda contra sus enemigos en el extranjero”.

La sacralización del Estado bajo la férula del pensamiento líquido es ya una realidad. El Estado se ha transformado en aquello que temieron los liberales clásicos: un dios mortal. Controla, cohíbe, ejerce la violencia y ahora incluso intenta meterse en la cama de los ciudadanos promoviendo ideologías particulares disfrazadas bajo el manto de la impersonalidad. Este dios mortal imagina que es inmortal y en tanto deidad reclama para sí el monopolio de la verdad.

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