Opinión

Un totalitarismo blando

Columna de Martín Santivañez

21 de Junio del 2018 - 09:57 Martín Santivañez

Peter Kreeft ha escrito el libro Cómo ganar la guerra cultural, que todos los estrategas políticos enemigos de lo políticamente correcto deberían leer. La obra sostiene correctamente que “una democracia que pierda su conciencia se convertirá necesariamente en un totalitarismo”. En efecto, este concepto debería resultar obvio, pero en el imaginario popular el totalitarismo solo puede ser dictatorial (duro). Alexis de Tocqueville ya identificó la existencia de un “totalitarismo blando”, descrito en la distopía de Aldous Huxley, Un mundo feliz. Sí, existe una dictadura que puede nacer de la voluntad popular rousseauniana, una dictadura de la opinión pública y del consenso, capaz de ser tan totalitaria como “la de cualquier rey o tirano, y más difícil de derrocar, sobre todo cuando está manipulada por unos medios poderosos y unidos en lo ideológico. Estos detentan más poder que los militares; la pluma es más poderosa que la espada”.

Kreeft acierta al relacionar este totalitarismo blando encarnado en la dictadura de la opinión con los formadores de dicha opinión. Así, los comisarios de este totalitarismo blando “empuñan plumas en vez de espadas; por ejemplo códigos de lenguaje que ven ‘discurso del odio’, ‘extrema derecha’ y ‘homofobia’” en todo aquel que no comulgue con sus ideas. La dictadura de lo políticamente correcto ha sido expandida por los medios de comunicación que admiten como verdadera cualquier opinión ideologizada. La banalización del conocimiento se ve reflejada en los mass media que promueven mentiras, ensoñaciones pueriles o raptos ilógicos disfrazados de realidad.

El totalitarismo blando es un totalitarismo mediático. La pluma viciosa quiere destruir a la espada de la verdad. He allí un frente de la guerra cultural.

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