Opinión

​Una bitácora del horror

Lo que Moroni debe hacer es traer al Perú de inmediato a Figari para que comparezca ante autoridades y víctimas.

31 de Octubre del 2015 - 07:39 Pedro Tenorio

Nadie puede permanecer indiferente ante las atrocidades reveladas por Mitad monjes, mitad soldados, el libro del periodista Pedro Salinas que ha sacado a la luz abusos psicológicos y sexuales contra decenas de jóvenes -algunos de ellos menores de edad- perpetrados por parte de la cúpula del Sodalicio de Vida Cristiana (SVC), organización al interior de la Iglesia católica que, con el pretexto de ayudar a alcanzar la santidad a sus integrantes, toleró estas prácticas por décadas.

Sinceramente, creí que una semana después de presentada esta exhaustiva investigación periodística por parte de Salinas -en colaboración con Paola Ugaz-, tendría yo muy poco que comentar. Sin embargo, al estupor tras la difusión de una treintena de testimonios que documentan las vejaciones y el horror sufridos, se suman ahora las declaraciones de Alessandro Moroni, superior general del SVC, quien ha tenido que salir públicamente a dar algunas explicaciones sobre lo acontecido y a cuestionar la conducta de Luis Fernando Figari y Germán Doig, los fundadores y principales perpetradores del espanto, con tan nulo efecto práctico sobre las andanzas del primero (Doig falleció en 2001), que me resulta, como a muchos, indignante.

Porque ante la contundencia de los testimonios no puede salir Moroni a decir que, en su momento, encaró a Figari sobre estas acusaciones y, como este negó todo, optó simplemente por enviarlo a una casa de retiro en Roma, donde permanece hasta hoy pese a que las imputaciones más graves corrían ya al interior del SVC desde el año 2010 e incluso antes. ¿Qué hicieron sus dirigentes en todo este tiempo? ¿Acaso no solo se negaron a investigar y sancionar, sino que impulsaron represalias contra quienes se atrevían a hablar? Lo que Moroni debe hacer es traer al Perú de inmediato a Figari para que comparezca ante autoridades y víctimas. ¡Es lo mínimo! No me sorprende que un sector de la Iglesia católica avale la impunidad en estos casos, pero la sociedad no puede permitirlo. No debe. Gracias, Pedro; gracias, Paola.

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