Los recientes movimientos telúricos registrados en Venezuela, Colombia y Perú vuelven a poner sobre la mesa una realidad que solemos olvidar hasta que la tierra comienza a moverse: vivimos en un territorio sísmicamente activo y nuestras ciudades están expuestas a un riesgo que no podemos eliminar, pero sí reducir.
Los especialistas lo repiten desde hace años: los terremotos no pueden evitarse. Lo que sí podemos hacer es prepararnos para enfrentarlos. De allí esa frase que debería estar grabada en la conciencia colectiva: el terremoto no mata; lo que mata es la falta de preparación, las construcciones vulnerables, la improvisación y la ausencia de protocolos adecuados.
El Perú forma parte del denominado Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las zonas con mayor actividad sísmica del planeta. Por eso, la posibilidad de que nuestro país enfrente un terremoto de gran magnitud no es una fantasía ni una amenaza lejana. El problema es que la prevención suele convertirse en prioridad solamente después de una tragedia. Pasado el susto, regresamos a la rutina y olvidamos que la próxima emergencia puede ocurrir en cualquier momento. Esa actitud es peligrosa.
Prepararse no significa únicamente tener una mochila de emergencia. Significa saber qué hacer antes, durante y después de un movimiento sísmico; identificar las zonas seguras; conocer las rutas de evacuación y mantener despejadas las salidas. También implica revisar las condiciones estructurales de nuestras viviendas y evitar construir sin criterios técnicos.