Opinión

Unas horas en el hospital

Una vez en admisión, la fila india se redujo a unas 15 personas. Yo estaba en el puesto 10 y, al ver cinco cajas al frente, pensé que con suerte me atenderían en una hora. Hoy estamos positivos, así que no vale amargarme el día.

25 de Enero del 2018 - 09:00 Renato Sandoval

Hace poco fui al hospital Belén por un tema personal e hice mi larga cola para ingresar a la ventanilla de admisión. La fila de personas era de unos cuarenta metros de largo y seguían llegando. Había gente de todas las edades y géneros. Eran las 6:30 de la mañana y el centro de salud abría a las 7 a.m., según me contaron. Fue una experiencia inolvidable y penosa.

Como les dije, la espera albergaba a diferentes personas por distintos casos, entre ellas había madres de familia con bebés en brazos y ancianos con evidentes dolencias. Calculé que si todos estos ciudadanos iban igual que yo a admisión, entonces saldría en unas tres o cuatro horas. Felizmente no fue así.

Una vez en admisión, la fila india se redujo a unas 15 personas. Yo estaba en el puesto 10 y, al ver cinco cajas al frente, pensé que con suerte me atenderían en una hora. Hoy estamos positivos, así que no vale amargarme el día. Eran las 7:30 a.m. y de pronto solo dos trabajadores comenzaron a atender: uno en general y otro, preferencial.

En ese momento, cuando todo transcurría con normalidad en una entidad del Estado, un vigilante bonachón se acercó a una ventanilla y luego a nuestra fila. Papelito en mano, como la lista de Gareca, y cara erguida se lanzó: Cardiología, Neumología, Oncología y unas cuatro “gías” más, “¡ya no hay cupo!”. Por favor, sean amables, vengan la otra semana o el próximo mes para sacar cita, continuó. ¿Es una película sobre la realidad africana?

Gente de todas las edades, pesos y sexos, comenzaron a desfilar con cara de preocupación, mientras otros con molestia se retiraban refunfuñando en voz baja. Pero, nadie reclamó exaltado. Casi cerrando los ojos esperaba que dicten la especialidad a la que iba para explotar. No fue así, la cola más bien se acortó y terminé segundo. No me alegró, me indignó.

¿Se imaginan? Gente que había hecho la cola más temprano que yo se iba cabizbaja a su casa esperando que el Estado tenga tiempo y cupo para atenderlos. Nada era seguro. Había que volver a madrugar para que sus males -o la de sus parientes o amigos- sean auscultados. ¡Y el nosocomio estaba en una capital de región!

No tomo con humor que haya gente mendigando por salud y que el Estado, a través del gobierno regional, muestre cierto desprecio por los pacientes. Ojalá, la Defensoría del Pueblo se dé una vuelta por las instalaciones de salud y pueda verificar cómo se atiende a la población. Y todavía hay más… 

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