Opinión

VOLVER A LOS HECHOS

A diferencia de hace dos décadas, hoy, cualquiera con smartphone puede generar contenido noticioso

04 de Mayo del 2019 - 07:05 Ariana Lira

Ayer se celebró el Día Mundial de la Libertad de Prensa y, si bien este derecho enfrenta aún serios obstáculos por derribar, es importante recordar otros retos, más nuevos, que el periodismo libre debe superar para cumplir su propósito.

A diferencia de hace dos décadas, hoy, cualquiera con un smartphone puede generar contenido noticioso y muchos medios, mareados por la velocidad de la información y el hambre de rating o clics, reproducen noticias falsas sin comprobar su veracidad.

El internet y las redes sociales, además, han jugado un rol fundamental en la polarización del debate y los medios no han sabido siempre tomar distancia. El periodismo activista suele ser peligroso porque, en su legítimo intento por perseguir un propósito político o social, la imparcialidad y la lealtad a los hechos suelen quebrarse. Cuando hay una agenda que perseguir, por más justa que sea, obviar algunas verdades o ser benevolente con inexactitudes suelen volverse prácticas tolerables para lograrlo.

Precisamente, en la era Zuckerberg de información desenfrenada, fake news y polarización, el papel de los periodistas es crucial. Son ellos quienes deben separar lo falso de lo real, incluso si ello significa perder la “pepa”, sonar incorrectos o dejar de recibir clics.

En el libro “Elementos del periodismo”, Bill Kovach y Tom Rosenstiel citan una analogía de la periodista estadounidense Carol Marin: imaginemos una cena familiar en la que se discute un tema político o social. Cada miembro de la familia, desde su silla, defiende una postura. El periodista, dice Marin, no debe estar sentado en una silla, sino que debe pararse a un lado y observar todos los puntos de vista de la discusión desde fuera, sin involucrarse.

Esto no quiere decir que los periodistas no tengan opiniones. Como seres humanos, las tendremos siempre. Pero los hechos deben ser sagrados y nuestra opinión pasible de ser cambiada.

Estos retos son especialmente urgentes en un país como el Perú, donde, con justa razón, los medios de comunicación cargan con un historial de corrupción y amarillismo, que aún impiden recuperar la plena confianza de quien los lee o escucha. Según Ipsos, en el 2017, el 49% de peruanos afirmaba no tener confianza en la prensa escrita y 53% desconfiaba de la televisión. Ser leales a los hechos puede ser poco popular a corto plazo, pero al final la recompensa vendrá en forma de confianza.

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