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Los ríos profundos en la formación de todas las sangres

Los ríos profundos en la formación de todas las sangres

Actualizado el 19/01/2011, 09:06 p.m.

Entre Pinkuyllus y el wak?rapuku. La misma preocupación por la explicación cultural la encontramos en la manera como explica el narrador la producción por parte de los indios de sus flautas: “pinkuyllu, mamak”.  El uso de estos instrumentos tiene funciones que solamente pueden ser entendidas por medio de la comprensión de la escala de valores de la cultura inca, sus emociones: “Pinkuyllu es el nombre de la quena gigante que tocan los indios del sur durante las fiestas comunales. El pinkuyllu no se toca jamás en las fiestas de los hogares. Es un instrumento épico. No lo fabrican de caña común ni de carrizo, ni siquiera de mamak, caña extraordinaria y dos veces más larga que la caña brava. El hueco del mamak es oscuro y profundo. En las regiones donde no existe el huaranhuay los indios fabrican pinkuyllus menores de mamak, pero no se atreven a dar al instrumento el nombre de pinkuyllu, le llaman simplemante mamak, para diferenciarlo de la quena familiar. Mamak quiere decir la madre, germinadora, la que da origen; es un nombre mágico. Pero no hay caña natural que pueda servir de materia para un pinkuyllu; el hombre tiene que fabricarlo por si mismo. Construye un mamak más profundo y grave; como no nace ni aún ni en la selva. Una gran curva extrae el corazón de las ramas del huarahuay, luego lo curva al sol y lo ajusta con los nervios de toro. No es posible ver directamente la luz que entra por el hueco del extremo inferior del madero vacío, sólo se distingue una penumbra que brota de la curva, un blanco resplandor, como el del horizonte en que ha caído el sol”.(*) En el último párrafo podemos apreciar la intención del narrador de proveer la máxima representación de los detalles culturales incas. Él continúa para describir la conducta del indio cuando toca los instrumentos musicales: el pinkuyllu y el wak?rapuku son usados solamente para tocar canciones épicas y para acompañar danzas de los indios que en estado etílico cantan viejas canciones de guerra y mientras unos tocan las canciones otros se dan a trompadas ciegamente, sangran y luego lloran cerca a las sombras de las altas montañas, cerca a los abismos, o en frente de los lagos congelados, y las estepas. Durante las celebraciones religiosas esos instrumentos no fueron tocados. Pero si fueron usados durante ceremonias para nombrar a las autoridades comunales; durante las fieras luchas sostenidas por los jóvenes los días del carnaval, cuando se marcaba al ganado o durante las corridas de toros. (“Los ríos profundos”, pp. 74, 75). En el mismo párrafo el narrador nos muestra signos de integración cultural occidental como son la corrida de toros y la marca del ganado. Para algunos la intención de herir al toro es moralmente más inaceptable que la voluntaria flagelación que se infligían los nativos peruanos durante sus danzas épicas. Es cierto que la corrida de toros ha sido tomada por los nativos peruanos. Sin embargo hay que notar que en varias regiones los nativos no sacrifican al animal. La marca de ganado también fue desconocida, o no practicada por los nativos, en el pasado. En la música andina podemos ver una influencia “hispánica” en el wak?rupuku que es una flauta hecha del cuerno del toro. La boquilla de metal añadida a este instrumento es también de procedencia hispánica. El narrador surte esta información cuando registra: “el wak?rapuku es una corneta hecha de cuernos de toro, de los cueros más gruesos y torcidos. Le ponen la boquilla de plata o de bronce” (*). El mestizaje cultural de Arguedas y su conciencia de ello son convincentes en la mente de Arguedas. Él escribió de su reflexión acerca de estar viviendo en un mundo dividido. Para Arguedas el mestizaje es una división, un accidente, un inevitable encuentro cultural que necesita ser examinado con equidad y tolerancia. Antonio Cornejo Polar, en su libro “Los universos narrativos de José María Arguedas”, ha escrito que en “Yawar fiesta”, y con menor claridad en “Los ríos profundos”, el contraste es entre los mundos costeño y andino. El mundo del indio contra los elementos del mundo del hispánico de la ciudad. Cornejo Polar interpreta que esta división ha sido originada por la desigualdad socio económica y cultural. “Se trata de una de las obsesiones que impregnan dolorosamente la actitud de Arguedas: la conciencia de vivir en un país dividido”. Esto es obvio cuando comparamos el recuerdo del infantil Ernesto con la descripción de su vida en la escuela católica. En la primera, el mundo comunal, es descrito diferente: la ciudad occidental está llena de vicios individuales, ambición personal y codicia. “Es un lugar donde la gente se mata entre ellas en una absurda batalla por dinero y poder”. La construcción del mestizaje. El siguiente pasaje de la escuela, una institución del hombre blanco, pueden proveernos con una visión del espíritu de la escuela: “El padre director empezaba suavemente sus prédicas. Elogiaba a la Virgen con palabras conmovedoras; su voz era armoniosa y delgada, pero se exaltaba pronto. Odiaba a Chile y encontraba siempre la forma de pasar de los temas religiosos hacía el loor de la patria y de sus héroes. Predicaba la futura guerra contra los chilenos. Llamaba a los jóvenes y a los niños para que se prepararan y no se olvidaran nunca que su deber más grande era alcanzar el desquite. Elogiaba a los hacendados; decía que ellos eran el fundamento de la patria, los pilares que sostenían su riqueza. Se refería a la religiosidad de los señores, al cuidado con que conservaban las capillas de las haciendas y a la obligación que imponían entre los indios de confesarse, de comulgar, de casarse y vivir en paz, en el trabajo humilde. Luego bajaba nuevamente la voz y narraba algún pasaje del calvario. Después de la misa, las autoridades y los hacendados los esperaban en la puerta de la iglesia: lo rodeaban y lo acompañaban hasta el colegio”. (*) En contraste con nuestra última cita podemos referirnos a una que, en lugar de odio y venganza, nos provee sentimientos de amor. Es un pasaje que concierne a los indios: “Huyendo de parientes crueles pedí misericordia a un ayllu que sembraba maíz en la más pequeña y alegre quebrada que he conocido. Espinos de flores ardientes y el canto de las torcazas iluminaban los maizales. Los jefes de la familia y las señoras, mamakunas de la comunidad, me protegieron y me infundieron la impagable ternura en que vivo” (*). El conflicto entre el indio y la cultura occidental puede ser visto en el siguiente pasaje. Un estudiante de extracción india expresa sus sentimientos de desacuerdo con relación a la institución educacional. “El interno más humilde y uno de los más pequeños era Palacios. Había venido de una aldea de la cordillera. Leía penosamente y no entendía bien el castellano. Era el único alumno del Colegio que procedía de un ayllu de indios. Su humildad se debía a su origen y a su torpeza. Varios alumnos pretendimos ayudarlo a estudiar, inútilmente; no lograba comprender y permanecía extraño, irremediablemente alejado del ambiente del colegio, de cuanto explicaban los profesores y del contenido de los libros. Estaba condenado a la tortura del internado y de las clases. Sin embargo, su padre insistía en mantenerlo en el Colegio, con tenacidad invencible. Era un hombre alto, vestido con traje de mestizo. Usaba corbata y polainas. Visitaba a su hijo todos los meses. Se quedaba con él en la sala de recibo, y le oíamos vociferar encolerizado. Hablaba en castellano, pero cuando se irritaba, perdía la serenidad e insultaba en quechua a su hijo. Palacios se quejaba, imploraba a su padre que lo sacara del internado” (*). La última cita refleja claramente el dilema y experiencia de Arguedas desde su niñez: el dilema del mestizaje se muestra en la forma de ambigüedad racial. Por ejemplo, la actitud del padre de Palacios, un cholo, que hablaba en español cuando estaba calmado pero en quechua, el lenguaje inca, cuando estaba molesto. Este fenómeno puede ser observado en varios pasajes del libro. Ernesto, un personaje autobiográfico, muestra varios signos de ambigüedad racial, a los que me referiré más tarde. Julio Ortega dijo lo siguiente acerca de Arguedas: “El personaje de sus cuentos derivaba constantemente en esta ambigüedad racial, que es una lucha solitaria entre la configuración afectivamente indígena y las urgencias de la conciencia”. El mestizaje está presente también en otros pasajes. Por ejemplo, el narrador dice que Antero, el estudiante del segundo año, el dueño de los zumbayllus, tiene pelo rubio (p. 77), pero el también dice después (p. 80) que las raíces del pelo de Antero eran negras. El papá de Ernesto debemos recordar eran azules. Y que Antero y el Markaska tenían preferencia por las muchachas de tez oscura. Y flaquitas: “De lejos y de cerca he mirado a todas las chicas. Y ella es la reina. Se llama Salvinia. Está en el Colegio de Las Mercedes. Vive en la Avenida de Condebamba, cerca del hospital. Tiene ojos chiquitos y negros. El cerquillo le tapa la frente. Es bien morena, casi negra” (*). El gusto de Ernesto por el tipo de las muchachas que prefiere es diferente (en la p. 68) cuando él recuerda a la chica de sus sueños. Allí, Ernesto, manifiesta su preferencia por una muchacha delgada, pequeña y de ojos azules: “debía ser delgada y pequeña, de ojos azules, y de trenzas” (*). Sin embargo, si lo último es una ambigüedad de atracción racial, cuando examinamos los problemas de raza y poder, encontramos en “Los ríos profundos” bien definido quienes son los que controlan el poder. También vemos la pobre condición del pongo, quechua hablante, vestido en harapos o la del mestizo que aunque gozando de diferente condición no eliminaba su condición de empleado del viejo, como el pongo. Las penurias de estos personajes se miden por su grado de transculturación. El mestizo vestido con atuendos occidentales y mejor comando del lenguaje español se ubica en mejor lugar de la pirámide social. La relación social del pongo era muy diferente a la que tenía Antero. Ernesto está consciente de esto cuando dice: “Hasta aquella mañana de los zumbayllus, Antero había sido notable únicamente por el extraño color de su cabello y por sus grandes lunares negros. El apodo lo singularizó pero le quitó toda la importancia a la rareza de su rostro, me dijeron cuando pregunté por él. Era mayor que yo y estudiaba en el segundo grado de media; me adelantaba en dos grados. En su clase no se distinguía ni por excelente ni por tardo. No tenía amigos íntimos y era discreto. Sin embargo, algún poder tenía, alguna autoridad innata, cuando sus compañeros no lo convirtieron en ”punto“ de la clase, es decir, en el hazmerreir, en el manso, o el raro, el predilecto de las bromas. A él sólo le pusieron un apodo que no lo repetían ni con exceso ni en son de burla” (*). (*) Los ríos profundos (**) Ponencia preparada en inglés.

Los ríos profundos en la formación de todas las sangres

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