Un helicóptero artillado ruso M-17 nos recoge del helipuerto del cuartel de Pichari, para trasladarnos a la Base Militar Contrasubversiva “La Ramadilla” donde luego de aproximadamente 15 minutos de vuelo los pilotos deben sobrevolar la zona antes de descender, por motivos de seguridad. Ante la tranquilidad, los diestros pilotos aterrizan en el accidentado helipuerto construido por los propios soldados. Enseguida, parte de la tropa se pone en posición de defensa para proteger a la nave, mientras otro grupo recoge las provisiones de la semana y con una ligera sonrisa en sus rostros trasladan una a una las cajas de leche, fideos, pollos y otros víveres que les servirá como guarnición durante su permanencia en el lugar. “Los soldados permanecen en la base durante tres meses, después viene el relevo, durante su permanencia no solo realizan patrullaje sino también acciones cívicas con la población”, indica el general EP Carlos Flores Cabrera, jefe del a Segunda Brigada de Infantería. A la pregunta si reciben algún tipo de ayuda de la población, los soldados manifestaron que era todo lo contrario pues la población es extremadanamente pobre. La rutina del soldado no es fácil y si bien es cierto están entrenados para la guerra las condiciones son deplorables, tienen que lidiar con la falta de logística. “Nos despertamos a las 5:00 de la mañana, pasamos rancho, realizamos entrenamiento y otras actividades propias de la vida militar”, indican los soldados. Esta misma realidad de viven en las bases de Corazónpata, Valle Esmeralda, Quiteni, Anapati, Unión Mantaro, entre otros y las bases enclavadas en el corredor de la sierra. ROCÍO CAMPOS