El atentado en la calle Tarata de Miraflores no fue el único ataque terrorista en la capital, pero sí fue el que marcó la unión de los limeños de distintos estratos socioeconómicos para rechazar juntos la violencia y el terror que infundieron en el Perú el grupo subversivo Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Pasadas las nueve de la noche de aquel funesto 16 de julio de 1992, un comando de Sendero Luminoso hizo estallar un coche bomba con cerca de media tonelada de anfo y dinamita en la calle Tarata, matando a 25 personas e hiriendo a otras 155. El objetivo preliminar era una agencia del Banco de Crédito del Perú, pero la vigilancia particular de la zona no permitió a los terroristas estacionarse en el lugar planificado. Enseguida, la onda expansiva provocó daños en un radio de 300 metros a la redonda, destruyendo viviendas, negocios, entidades financieras y automóviles estacionados en las inmediaciones. Ese mismo día, Sendero atentó contra las comisarías de San Gabriel, José Carlos Mariátegui y Nueva Esperanza, de Villa María del Triunfo, así como contra la agencia del Banco Latino, ubicada en el distrito de La Victoria. Estos atentados de menor magnitud tenían como objetivo dispersar a las fuerzas policiales. ANTECEDENTES. El de 1992 fue un año muy convulsionado para Lima. En febrero, Sendero Luminoso asesinó con insania a la dirigente vecinal de Villa El Salvador, María Elena Moyano. El 5 de abril, el entonces presidente Alberto Fujimori disolvió el Congreso e intervino el Poder Judicial con un “autogolpe de Estado”. En junio, los senderistas detonaron un coche bomba en las instalaciones del Canal 2. Pero para muchos, fue el atentado en la calle Tarata, aquel 16 de julio de 1992, el que unió al pueblo peruano en contra de Sendero y que marcaría el inicio de la contraofensiva del gobierno. No en vano la justicia peruana determinó que el crimen perpetrado por el grupo Colina un día como hoy hace 17 años, contra nueve estudiantes y un profesor de la Universidad La Cantuta, fue la respuesta del gobierno de Fujimori al atentado en Miraflores. LA UNIÓN HACE LA FUERZA. Pero lo más resaltante, es que el atentado en Tarata unió a Miraflores, distrito catalogado de clase media y media alta, con el populoso Villa El Salvador. Los entonces alcaldes Alberto Andrade y Michael Azcueta, respectivamente, encabezaron la gran marcha por la paz en contra de la violencia terrorista en la que ciudadanía asumió un papel protagónico. “La principal repercusión ocurrió en especial en ciertos sectores de la sociedad limeña hasta ese momento distantes de la violencia subversiva, que en los Andes y la Selva venía provocando la muerte de miles de compatriotas. La sensación de que Sendero Luminoso entraba a Lima y que no había límites para su acción destructiva se percibía entonces con mayor claridad”, reza el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Entre los meses de enero a julio de 1992, 37 coches bomba estallaron en Lima Metropolitana. A decir de la Comisión de la Verdad, fue la ofensiva más intensa desatada por Sendero contra la capital, la que incluía el asesinato selectivo de dirigentes. “Según Abimael Guzmán, la guerra pasaba a una etapa de ?equilibrio estratégico? que precedía a la destrucción del Estado y la captura definitiva del poder. Se había dado inicio al VI plan militar denominado ?Construir la conquista del poder?, que orientaba las acciones subversivas hacia Lima”, dice la CVR en su informe final. Han pasado 17 años y el panorama ha cambiado rotundamente. Las calles de Miraflores lucen un rostro comercial, efervescente, festivo, turístico y la calle Tarata es hoy una vía peatonal que invita a la reflexión y a la paz. Ahora, en el llamado boulevard de Tarata, una pileta alrededor del monumento erigido por la Paz y nuevas farolas de iluminación - inauguradas hace dos días- nos dan la bienvenida. SE HIZO JUSTICIA. Ninguna de las víctimas directas o indirectas del atentado en la calle Tarata habían sido consideradas por el Consejo de Reparaciones. No obstante, como dice un conocido refrán, la justicia tarda pero llega. Casi dos décadas después, el Consejo de Reparaciones decidió reconocer a las víctimas del atentado, gracias a lo cual podrán recibir algún tipo de indemnización. Una de las afectadas fue la pequeña Vanessa Quiroga, quien ese día acompañaba a su madre comerciante en su quiosco ambulante y que se convirtió en la niña símbolo del atentado terrorista en el que perdió una de sus piernas. Convertida en una joven de 22 años, Vanessa ha recibido por fin el certificado de víctima del terrorismo otorgado por el Consejo de Reparaciones durante la ceremonia que el último jueves recordó 17 años de la tragedia. La joven también recibió de manos del alcalde de Miraflores, Manuel Masías, un documento que le facilita la renovación gratuita de la prótesis de su pierna. El secretario técnico del Consejo de Reparaciones, Jairo Rivas, señaló que tanto Vanessa como otras siete familias, que han recibido el documento que las acredita como víctimas, pueden acceder al Seguro Integral de Salud y posteriormente podrán tener acceso a las reparaciones económicas individuales. El Registro Único de Víctimas ya tiene listos los certificados de otras 11 víctimas de ese atentado. Pero lo cierto es que 17 años después, aún están pendientes de registrarse los familiares de las víctimas mortales.