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Un día en el cielo con el papa Juan Pablo II

La santidad se irradia, trasluce, transfigura, desborda en el rostro, los ojos, los labios, las manos, los pies. Eso es lo que transmitía el papa Juan Pablo II cuando lo conocimos un día de enero del año 1996.
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Un día en el cielo con el papa Juan Pablo II

Actualizado el 25/04/2014, 12:46 p.m.

La santidad se irradia, trasluce, transfigura, desborda en el rostro, los ojos, los labios, las manos, los pies. Eso es lo que transmitía el papa Juan Pablo II cuando lo conocimos un día de enero del año 1996 en que recibió en audiencia a una delegación de Huancayo, después de la ordenación episcopal de monseñor José Paulino Ríos Reynoso, quien sería después arzobispo de Huancayo y de Arequipa.

Tuvimos el privilegio de conocerlo, tenerlo cerca, abrazarlo, estrecharle la mano, conversar un tanto. Monseñor Ríos ya lo había experimentado en su consagración cuando el 6 de enero del 1996 el papa le impuso las manos junto a otros doce obispos del mundo. “He sentido el fuego de su santidad, sus manos eran las de un santo”, comentó.

No sé si lo mismo podíamos decir, pero lo habíamos percibido también, cuando lo vimos aparecerse en uno de los salones de audiencias, como un ángel, transfigurado, con la sotana blanca, sonriente, una luz que se reflejaba en el piso y lo iluminaba todo. La verdad que nos sentíamos como en el cielo, sobre unas baldosas relucientes. Como Pedro, casi le decimos por qué no hacer una choza allí mismo y quedarnos para siempre.

No había ni hay hasta ahora palabras para explicar ese momento, el más grande de nuestras vidas, lo más preciado que una persona puede tener, una felicidad y una alegría sin límites, como en mi caso que me atreví a entregarle un ejemplar de la revista Cumbre que editamos en el Arzobispado, en cuya carátula había un retablo y me preguntó: “¿Y esto?”, no supe qué decirle, pero le gustó; volvió a preguntarme: “¿Eres periodista?”. Sí, apenas respondí, fue entonces que me dio la bendición y me entregó un rosario que conservo como el tesoro más grande, el mejor regalo que uno puede recibir en la vida.

Fueron minutos que duraron más. Luego vendrían las fotos, la ilusión de seguir allí, viviendo, soñando y, después, el retorno a la realidad. No era ficción, no era mentira, era cierto que habíamos estado con el papa Juan Pablo II, el Papa Peregrino, aquel que cambió la historia de de en el mundo, ahora santo.

Pero la santidad también se contagia y diría que monseñor Ríos fue contagiado, porque hoy vive su santificación, después de un vía crucis aquí y allá, hoy en en San Martín de Porres, Lima, en la parroquia Cristo Camino, con sus males de ayer y hoy, trepando los cerros, caminando con Cristo por calles polvorientas, llegando a los más humildes, conociendo los dramas y tragedias de la gente, sus miserias, sus anhelos y esperanzas, rezándole a la Morenita, a la Mamita de Chapi, en estos días a Juan Pablo, un papa santo que también tuvo su vía crucis.

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La santidad se irradia, trasluce, transfigura, desborda en el rostro, los ojos, los labios, las manos, los pies. Eso es lo que transmitía el papa Juan Pablo II cuando lo conocimos un día de enero del año 1996.

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