¿Qué define a un guerrero moderno?

EN LUGAR DE TRATAR DE ELEVAR A LA SOCIEDAD ENTERA, HEMOS ESTRECHADO NUESTRAS MIRAS PARA DEDICARNOS A LA CAZA Y EXTERMINIO DE NUESTROS ENEMIGOS
¿Qué define a un guerrero moderno?

¿Qué define a un guerrero moderno?

29 de Junio del 2017 - 12:48 » Textos: PHIL KLAY

Desde Hace varios años, Ashley Gilbertson ha fotografiado las recámaras de los muertos. Específicamente, de los participantes en las guerras de Irak y de Afganistán. Son dormitorios en Estados Unidos, Inglaterra, Escocia, los Países Bajos, Italia, Alemania y Francia. Los padres de algunos de los caídos conservan los efectos personales de sus hijos tal como estaban cuando se fueron y eso es lo que capta Gilbertson. En una foto vemos palos de hockey y una banderola de los Maple Leafs de Toronto. En otra, un delfín de peluche cuelga de una repisa llena de angelitos de plástico. Son fotografías de la ausencia - revelaciones calladas del carácter de un miembro de las fuerzas armadas que jamás regresará - y son fotografías de una herida que no cierra; el dolor de una familia preservado en forma física.

Gilbertson explica que quería que el espectador sintiera que los muertos recientes “no eran solo nombres y grados de personas que murieron en lugares remotos” y lo logra de manera perturbadora. Mirar su obra se vive como un incómodo acto de trasgresión, un atisbo íntimo a un dolor insoportable. Los espacios amorosamente conservados me recuerdan la inscripción en la lápida de un soldado británico de la primera guerra mundial: “Si el amor hubiera podido salvarlo, él no habría muerto". Y aun así, más extraño que las fotografías mismas es el simple hecho de su necesidad, de que se nos deba recordar que nuestros soldados muertos son más que nombres. Y me parece que el factor que define nuestras guerras modernas no es ningún cambio tecnológico - por muy sorprendente que sea el despliegue de drones o que los combatientes usen las redes sociales - sino más bien la medida en que el ciudadano promedio de las democracias occidentales ha sido capaz de divorciarse de la responsabilidad de las guerras libradas en su nombre y pagadas con sus impuestos.

Cuando estuve en Irak en 2007, me preocupaba que en Estados Unidos la gente no estuviera poniendo atención a nuestras guerras, y el regreso a casa de poco sirvió para disipar mis miedos. Recuerdo haber recibido una llamada telefónica cuando estaba en un bar de Brooklyn, en la que me avisaron que habían baleado a un conocido mío en Afganistán. La información hizo que la escena que se desarrollaba ante mí pareciera obscena de algún modo. Yo sabía que las decisiones políticas que se toman en el país a fin de cuenta deciden si la gente vive o muere en Irak pero aun así, Estados Unidos me parecía profundamente desconectado del extranjero. Yo era parte de lo que Andrew Bacevich llamó el “ejército del 1 por ciento”, la fuerza de voluntarios de Estados Unidos. En ese tiempo, eso era lo que parecía explicar mi sensación de dislocamiento, y tenía la fantasía de que volver a imponer el reclutamiento solucionaría todos nuestros problemas.

Empero, en retrospectiva, puedo ver que el tiempo que estuve en Irak se caracterizó por un debate público bastante vigoroso sobre políticas. Cuando el general David Petraeus declaró ante el Congreso en septiembre de 2007 sobre el resultado del reforzamiento de tropas, hubo un aluvión de declaraciones grandilocuentes; una organización antibélica publicó un incendiario anuncio a toda plana en The New York Times, las cadenas informativas ofrecieron abundantes (aunque malos) análisis y diversos senadores federales de ambos partidos acribillaron a preguntas a los arquitectos de la política militar estadounidense.

En ese tiempo, la estrategia rectora era la contrainsurgencia, que la Guía de Contrainsurgencia del gobierno estadounidense describe como “la mezcla de amplios esfuerzos, tanto civiles como militares, destinados a contener la insurgencia y atacar sus causas al mismo tiempo”. Ya que ésos eran nuestros principios y como teníamos significativas fuerzas terrestres responsables de las diversas regiones de Irak, todas las cifras que se discutían se relacionaban con la estabilidad: Petraeus sostenía que, en general, se había reducido el número de incidentes, la muerte de civiles había bajado y las fuerzas iraquíes estaban aumentando, mientras los senadores cuestionaban con aspereza si las divisiones de la sociedad iraquí no harían ilusorios esos avances, si los limitados logros que pudieran ofrecer las fuerzas armadas valían la pena de un esfuerzo tan amplio, o si cualquiera de esas medidas estaba poniendo a salvo a Estados Unidos (el general tuvo que admitir que no sabía).

Ese tipo de intercambios parece cada vez más raro en los tiempos que corren: la edad del contraterrorismo. Ya no enviamos tropas de infantería a ocupar territorios; lanzamos ataques aéreos, drones u operaciones de fuerzas especiales para matar o capturar a nuestros enemigos. En el mejor de los casos, enviamos a unos cuantos asesores al terreno, como hicimos al principio de los años sesenta en Vietnam. En lugar de tratar de elevar a la sociedad entera, hemos estrechado nuestras miras para dedicarnos a la caza y exterminio de nuestros enemigos. Lo que antes era una táctica dentro de los esfuerzos militares y civiles que caracterizaban a la contrainsurgencia, ahora se ha vuelto lo único, sin importar que nos esté alejando de vastos segmentos del mundo.

No significa que las elevadas metas de la contrainsurgencia se hayan vueltos menos esenciales para sofocar el extremismo; simplemente nos hemos dado cuenta de que no somos buenos o que no tenemos la paciencia para alcanzar esas metas. Entonces, ¿por qué no mejor cambiarlas por algo que sí podamos hacer? Como ha alegado el ex funcionario de inteligencia militar John Amble, aunque “comprometernos con los sectores vulnerables para deteriorar el apoyo popular a Al Qaeda sigue siendo una necesidad estratégica ... incluso el más generoso recuento de nuestros esfuerzos en ese ámbito les consideraría un éxito mediocre”.

Comparemos eso con el cambio revolucionario en términos del ritmo de las operaciones especiales. Según Marc Ambinder y D.B. Grady, a principios de la guerra de Irak, en abril de 2004, el comando conjunto de operaciones especiales llevó a cabo menos de una docena de operaciones especiales en un mes. Pero para julio de 2006, el ritmo había aumentado a 250 y, con el uso cada vez mayor de drones, ha aumentado también nuestra capacidad de proyectar con precisión nuestro poder militar. El ex teniente coronel John Nagl afirma que nuestro comando de operaciones especiales es “una mortal maquinaria antiterrorista de escala casi industrial”.

Ya que los drones y los ataques de fuerzas especiales no despliegan tropas en posición de controlar territorios, una misión para matar o capturar enemigos puede considerarse un éxito no calificado independientemente de que tenga o no efectos positivos en la región donde se lleve a cabo, lo que quizá sea mejor para los políticos. Nuestras intervenciones actuales son menos costosas (para nosotros); suceden fuera de la vista pública (no se puede incorporar a un periodista en una brigada de fuerzas especiales, ya no digamos en un dron); y considerándolas estrictamente caso por caso, blanco por blanco, pueden alcanzar los resultados prometidos mucho mejor (matando o capturando personas altamente desagradables y peligrosas). Al parecer, hay mucho menos de qué discutir, incluso a medida que la violencia y la inestabilidad salen de control.

Así pues, el guerrero moderno opera en un ámbito cada vez más aislado de la atención pública. Yo ya me sentía aparte como miembro de la fracción de estadounidenses que sirven en uniforme; y ahora, nuestras políticas militares son llevadas a cabo por una fracción de esa fracción.

Lo que es más inquietante es que Estados Unidos sigue operando conforme a una autorización para el uso de la fuerza militar que tiene diez años y, aparte de los senadores Tim Kaine y Jeff Flake, que han propuesto una nueva, el Congreso ha mostrado muy poco interés en debatir una nueva autorización con objetivos menos abiertos. Al abogar por tomar medidas, Kaine citó a James Madison: “La constitución supone lo que demuestra la historia de todos los gobiernos: que el ejecutivo es la rama del poder más interesada en la guerra y más inclinada a librarla. Por consiguiente, tras cuidadoso estudio, el texto confiere la cuestión de la guerra al legislativo”. Y tras un estudio igualmente cuidadoso, la mayoría de los congresistas han considerado que votar en un asunto de política militar podría obligarlos a tomar una postura reflexiva en un tema notablemente complejo, lo que posteriormente podría convertirse en un lastre para ellos, Por lo tanto, transfirieron la cuestión de la guerra de vuelta al ejecutivo.

No es de sorprender que la primera pregunta polémica relacionada con la guerra en la actual campaña presidencial de Estados Unidos no sea qué estrategia seguir en Yemen, Irak, Afganistán, Libia, Siria, Pakistán, las Filipinas, el Cuerno de África, Nigeria o... bueno, ya me entienden. Hemos estado ocupados. La pregunta más polémica es si debimos haber invadido Irak en 2003. Para el miembro de las fuerzas armadas que sienta curiosidad por saber si su país es serio o no respecto de su política militar, la respuesta es clara.

Los hombres y mujeres con los que serví en 2007 estaban intentando honestamente crear un Irak mejor y arriesgaron su vida por ello. Tuvimos éxitos muy prometedores y nos permitimos creer que habíamos logrado una estabilidad duradera que realmente no existía. La salud y la seguridad de la sociedad iraquí eran importantes para nosotros y lo siguen siendo. Muchos de nosotros establecimos lazos emocionales con el lugar y su pueblo. Y muchos volvimos a casa con una relación profundamente alterada hacia nuestros propios ciudadanos.

El chico de 18, 19 o 20 años que se enlista en las fuerzas armadas de su país no está en posición de asegurar que, dos años después, una vez que haya terminado con el entrenamiento y los ejercicios previos al despliegue, su país le ofrecerá una estrategia militar bien pensada para que la ejecute. Que tenga esa estrategia es trabajo de todos nosotros. Si nos equivocamos al tomar una decisión después de un periodo de debate vigoroso, sería una especie de fracaso colectivo. Pero si nos equivocamos en la ausencia de cualquier tipo de debate público, eso es algo totalmente diferente.

Lo cual me trae a otra fotografía, una muy diferente de las de Gilbertson. Es la foto de un camión que fue encontrado abandonado en una carretera cerca de la frontera de Austria con Hungría. Yo vi la imagen cuando estaba sentado en una cafetería de Viena. Como fotografía de un camión estático al lado de una carretera, ésta era bastante aburrida, con pocos detalles visuales que captar. Lo que impresiona mi mente no tiene nada que ver con la imagen en sí, sino con el hecho de saber que en su interior se encuentran los cuerpos en descomposición de 59 hombres, ocho mujeres y cuatro niños, muy probablemente refugiados sirios que trataban de llegar a Alemania. Murieron sofocados. Cuando fueron encontrados, los cuerpos estaban en tal grado de descomposición y empapados en líquidos corporales que fue imposible identificarlos.

Esto fue antes de los ataques de París, antes de que fuera común llamar a tales personas “terroristas en potencia”. Ingenuamente, yo pensé que la respuesta humanitaria sería clara. En cambio, me preocupaba nuestra capacidad de lidiar con la crisis de la que ellos estaban huyendo. Con tantas formas de ocultar al escrutinio público las acciones militares, los políticos han sido relevados de la responsabilidad de presentarle al pueblo una visión coherente. ¿Acaso sorprende que esto derive en el caos?

La política que no está hecha para soportar el escrutinio público tiene pocas posibilidades de soportar las pruebas más duras que impone su ejecución en la realidad. Pero ese es el estado de la guerra moderna: violencia, sufrimiento y una falta sostenida de atención moral seria.

(Phil Klay es veterano del cuerpo de infantes de marina de la guerra de Irak y autor de la colección de cuentos “Redeployment”.)