Viviendo el culto de ser agradable

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Viviendo el culto de ser agradable

Viviendo el culto de ser agradable

29 de Junio del 2017 - 10:47 » Textos: BRET EASTON ELLIS

En un episodio reciente de la serie de televisión “South Park”, el personaje de Cartman y otras personas que están emocionadas con Yelp, la aplicación que permite a los clientes calificar y reseñar restaurantes, recuerdan al capitán de meseros y a los mismos meseros que estarán publicando sus críticas sobre sus platillos. Estos “Yelpers” amenazan con otorgar a los restaurantes solo una de cinco estrellas si no los complacen y hacen exactamente lo que les dicen. Los restaurantes sienten que no tienen más opción que satisfacer a los Yelpers, quienes se aprovechan de su poder pidiendo platos gratis y haciendo sugerencias para mejorar la iluminación. Los empleados de los restaurantes toleran todo esto con creciente frustración y enojo — en cierto momento los críticos de Yelp incluso son comparados con el grupo Estado Islámico — antes de que ambas partes finalmente lleguen a una tregua. Sin embargo, sin que lo sepan los Yelpers, los restaurantes deciden cobrar venganza contaminando los platos de los Yelpers con todos los fluidos corporales imaginables.

El argumento del episodio es que en la actualidad todos piensan que son críticos profesionales (“¡Todos confían en mis reseñas de Yelp!”), aun cuando no tienen idea de lo que están hablando. Pero también es un comentario sombrío sobre lo que ha llegado a conocerse como la “economía de la reputación”. Al describir como los restaurantes se vengan de los Yelpers, el episodio aborda el hecho de que los servicios de hoy también nos están calificando, lo cual plantea un interrogante: ¿Cómo manejamos la forma en que nos presentamos en línea y en redes sociales, y cómo los individuos se promueven como marca en lo que es una cultura corporativa cada vez más amplia?

La idea de que todos piensen que son especialistas con voces que merecen ser escuchadas en realidad ha hecho que la voz de todos sea menos importante. Todo lo que estamos haciendo es poniéndonos en posición de ser blancos de ventas: para ser catalogados e identificados y para que extraigan nuestros datos. Pero este es el desenlace lógico de la democratización de la cultura y el temido culto a la integración, que insiste en que todos nosotros debemos existir bajo la misma égida de regulación corporativa; un mandado que dicta cómo deberíamos expresarnos y comportarnos.

La mayoría de las personas de cierta edad probablemente notaron esto cuando se unieron a su primera corporación, Facebook, que tiene sus propias reglas respecto a las expresiones de opinión y sexualidad. Facebook alentaba a los usuarios a que les “gustaran” las cosas, y como era una plataforma en la que muchas personas se promovían personalmente en la web social por primera vez, el impulso fue seguir el aforismo de Facebook y presentar un retrato idealizado de sus vidas; un yo más agradable, más amigable y más soso. Y fue este florecimiento del culto de ser agradable y la temida idea de la “relacionabilidad” lo que finalmente redujo a todos a una especie de naranja mecánica castrada, esclavizada al statu quo corporativo. Para ser aceptados, debemos seguir el código de moralidad optimista en el que todos debemos ser agradables y la voz de todos debe ser respetada, y cualquier persona que tenga una opinión negativa — un “no me gusta” — sea excluida de la conversación. Cualquiera que resista ese pensamiento grupal es despiadadamente deshonrado. Dosis absurdas de diatriba son lanzadas contra el supuesto troll hasta el punto en que la “ofensa” original a menudo parece insignificante en comparación.

He sido blanco de calificaciones y reseñas desde que me convertí en un autor publicado a los 21 años de edad, así que este ambiente simplemente me parece natural. Surgió una reputación basada en a cuántos críticos les gustaba mi libro o no. Así funciona; genial, supongo. Les gustaba a tantas personas como a las que no les gustaba, y eso estaba bien porque yo no me involucré emocionalmente. Recibir críticas negativas nunca cambió la forma en que yo escribía o los temas que quería explorar, sin importar cuán ofendidos estuvieran algunos lectores por mis descripciones de violencia y sexualidad. Como miembro de la Generación X, rechazar, o más probable ignorar, el statu quo se volvió fácil para mí. Uno de los himnos más fuertes de mi generación fue “Bad Reputation” de Joan Jett, cuyo coro dice: “Me importa poco mi reputación/Nunca he temido a alguna divergencia”. Fui blanco del pensamiento corporativo cuando la compañía que era dueña de mi casa editorial decidió que no le gustaba el contenido de una novela en particular que me habían contratado para escribir y se negó a publicarla bajo el argumento del “gusto”. (Pude haber presentado una demanda, pero otra casa editorial a la que le gustaba el libro lo publicó.) Fue un momento alarmante para las artes; un conglomerado estaba decidiendo lo que se debería publicar o no y hubo fuertes discusiones y protestas a ambos lados de la línea divisoria. Pero de esto se trataba la cultura: la gente podía tener opiniones diferentes y discutirlas de manera racional. Uno podía estar en desacuerdo y esto era considerado no solo la norma sino también interesante. Era un debate. Hubo una época en que uno podía ser dogmático — y sí, un crítico inquisitivo y razonable — y no ser considerado un troll.

Ahora todos nosotros estamos acostumbrados a calificar las películas, los restaurantes, los libros, incluso a los médicos, y emitimos reseñas mayormente positivas porque, en realidad, ¿quién quiere parecer una persona que odia todo? Pero, cada vez más, los servicios también nos están calificando. Las compañías en la economía del compartir, como Uber y Airbnb, califican a sus clientes y excluyen a aquellos que no dan la talla. Las opiniones y críticas fluyen en ambas direcciones, causando que a muchas personas les preocupe cómo se les está evaluando. ¿La economía de la reputación pondrá fin a la cultura de la vergüenza, o la insulsa cultura corporativa de protegerte dándole “me gusta” a todo — o siendo falsamente cortés solo para ser aceptado por la manada — se volverá más fuerte que nunca? ¿Ofrecer más críticas positivas para recibir una a cambio? En vez de adoptar la naturaleza verdaderamente contradictoria de los seres humanos, con todos sus sesgos e imperfecciones, seguimos transformándonos en robots virtuosos. Esto, a su vez, ha conducido a la idea horrible — y la industria en auge — de la gestión de las reputaciones, donde una empresa es contratada para ayudar a dar forma a un Usted más agradable y con quien se puedan relacionar más personas. La gestión de reputaciones gira en torno de hacer el juego al sistema. Es una forma de engaño, un intento de borrar la subjetividad y la evaluación a través de la intuición, por un precio.

Al final de cuentas, la economía de la reputación gira en torno de producir dinero. Nos exhorta a conformarnos con lo soso de la cultura corporativa y hacernos reaccionar a la defensiva barnizando nuestro yo imperfecto para que podemos vender cosas y ser vendibles. ¿Quién quiere compartir un traslado o una casa o un médico con alguien que no tenga una buena reputación en línea? La economía de la reputación depende de que todos mantengan una actitud reverencialmente conservadora e inminentemente práctica: Mantén la boca cerrada y lleva tu falda larga, sé modesto y no expreses opiniones. La economía de la reputación es otro ejemplo más del proceso que hace sosa a la cultura, y sin embargo la aplicación del pensamiento grupal solo ha incrementado la ansiedad y la paranoia, porque la gente que adopta la economía de la reputación es, por supuesto, la más asustada. ¿Qué pasa si pierden lo que se ha vuelto su activo más valioso? La adopción de la economía de la reputación es un recordatorio ominoso de cuán económicamente desesperadas están las personas y de que las únicas herramientas que tienen para ascender en la escala económica son sus reputaciones deslumbrantemente optimistas; lo cual solo intensifica su incesante preocupación en torno a su necesidad de que se les considere agradables.

El empoderamiento no surge de expresar gusto por una cosa u otra, sino de ser fieles a nuestros desagradables yos contradictorios. Hay límites a la exhibición de nuestros activos más halagadores porque no importa cuán genuinos y auténticos pensemos que somos, seguimos simplemente fabricando una creación, sin importa cuán precisa pudiera ser. Lo que se está borrando en la economía de la reputación son las contradicciones inherentes a todos nosotros. Aquellos que revelamos defectos e inconsistencias llegamos a ser aterradores para los demás, somos a quienes hay que evitar. Surge un mundo como el de la “Invasión de los usurpadores de cuerpos” de conformidad y censura, borrando a los dogmáticos y a los inconformistas, correlacionando a la gente en un ideal. Olvídese de lo negativo o lo difícil. ¿Quién quiere únicamente eso? Pero ¿qué tal si lo negativo y lo difícil se vincularan con lo genuinamente interesante, lo emocionante, lo inusual? Ese es el verdadero crimen que está perpetrando la cultura de la reputación: está erradicando nuestra pasión; eliminando la individualidad.

(Bret Easton Ellis es autor de seis novelas, incluidas “Less Than Zero”, “The Rules of Attraction”, “American Psycho”, “Glamorama”, “Lunar Park” e “Imperial Bedrooms” y una colección de cuentos, “The Informers”. También es el presentador de The Bret Easton Ellis Podcast.)