El 2015 se perfila complicado. Europa no atina a enfrentar sus problemas, necesita reformas profundas que sus pueblos acostumbrados a la largueza del Estado y la buena vida difícilmente aceptarían y, como ocurre en cualquier parte del mundo, escasean los políticos capaces de liderar una transformación y adoptar las impopulares, pero necesarias medidas de ajuste. La verdad es que la fiesta en Europa ha terminado hace años y parecería que les cuesta trabajo comprenderlo y encararlo.
En cuanto a China, como es usual en esta época del año, abundan los agoreros, generalmente economistas europeos y norteamericanos, que pronostican que su modelo de crecimiento se ha agotado, que la economía china no podrá seguir creciendo al mismo ritmo, que pronto estallarán conflictos sociales y su éxito se detendrá. Argumentan, para sustentar sus dichos, que el hecho es que China ya no puede crecer a tasas de más de 10% por año como en los noventa, que ahora solo crece 7% anual porque ya no da más, porque tocó techo.
Seamos realistas. El producto chino es hoy tres veces más grande que cuando crecía 11% anual, de manera que 7% de tres veces más producto es cuantitativamente 2 veces más crecimiento anual que cuando crecían al 11%. Tenemos China para rato.
EE.UU. está recuperando ritmo de crecimiento gracias a su dinamismo innovador, a su flexibilidad laboral (en el polo opuesto a la rigidez laboral europea), y a su riqueza energética.
China y EE.UU. serán las locomotoras del mundo. Felizmente, Perú mantiene muy buenas relaciones con los dos y ambos son sus principales socios comerciales.
Por otra parte, los precios de los minerales han bajado algo respecto a los precios récord de hace unos años, aunque siguen siendo históricamente altos. Pero, claro, el país y las regiones se acostumbraron a los mayores ingresos y ajustarse no es tan sencillo. Sin embargo, esto no es el fin del mundo, no tenemos que descorazonarnos.
Necesitamos comprender que felizmente ahora contamos con dos motores: la gran inversión minera y las asociaciones público privadas en infraestructura. Lo lamentable es que en ambos casos las inversiones en el Perú están trabadas por la tremebunda permisología y las barreras ambientalistas.
Estas barreras han sido erigidas en nombre de la defensa del medio ambiente, por defensores ideologizados que frenéticamente tratan de impedir las nuevas inversiones a costa del crecimiento de la economía. Mientras el sector privado moderno formal respeta el ambiente y evita dañarlo, los informales depredan a vista y paciencia de las autoridades ambientales, y los ecologistas radicales se esmeran en paralizarlo todo, mientras capturan parte del Estado. Este cuello de botella debe zanjarse. El daño infringido a las Líneas de Nasca por activistas de Greenpeace muestra hasta dónde son capaces de llegar en su fanatismo.
La falta de acuerdo o el limitado acuerdo en la COP 20, tras el estancamiento de las negociaciones, revela que este tema es manejado en forma desequilibrada. Los países ricos que depredaron por siglos sus países y sus colonias tienen la sartén por el mango, y pretenden que el resto del mundo se ajuste y voluntariamente sacrifique su crecimiento futuro. O, para dar el buen ejemplo, algunos países ricos se autoimponen metas declarativas de reducción de emisiones de carbono al 2050, que nadie sabe cómo se van a medir y que parecen ser un imponente saludo a la bandera, un gesto para las tribunas.
Si no somos capaces de restablecer el equilibrio y revertir la captura del Estado que se ha producido en el sector ambiente, va a ser difícil seguir creciendo a buen ritmo el 2015 y los siguientes años. A la larga se estancará el desarrollo nacional y seremos un país de gente pobre con buena calidad del aire.
Necesitamos inversiones respetuosas del medio ambiente y un sector ambiente respetuoso de las inversiones.


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