El terremoto en Nepal ha sido catastrófico. Al cierre de esta columna, van cerca de 2500 los muertos que ha dejado el violento sismo de 7.9 grados de intensidad. Las noticias que nos siguen llegando desde Katmandú son desoladoras. La placa tectónica euroasiática y su plegamiento con las bases subterráneas de la cadena del Himalaya donde se encuentra el Everest (8848 msnm), el pico más alto del planeta, han mostrado la ferocidad de la naturaleza, siempre impredecible. Hasta la emblemática Plaza Durbar ha quedado en escombros. Quizás el hecho de que se haya producido a tan solo 10 o 15 kilómetros de profundidad y con 14 réplicas en las 24 horas siguientes sean la causa de la tragedia. Pero también el nivel de vulnerabilidad que presenta un país ubicado en una zona altamente sísmica que confirma la ecuación de que terremoto en país pobre o subdesarrollado es igual a alto índice de mortalidad. Nepal, con cerca de 31 millones de habitantes, es uno de los estados más pobres de la región asiática. No es la primera vez que se presentan eventos sísmicos de esta magnitud. Los registros del pasado Kangra (1905), Bihar (1934) y Cachemira (2005) serían suficientes para que ya cuenten con procesos de prevención protocolizados, pero eso no ha sucedido. La reciente desgracia en Nepal debe alertarnos al máximo. Nos encontramos en el centro del denominado Cinturón de Fuego del Pacífico donde se encuentra la placa de Nasca y donde, además, suceden el 90% de los movimientos telúricos del planeta. Nuestro esfuerzo de prevención debe ser cada vez mayor. Ya estamos en casi el 70% de participación ciudadana en simulacros, pero eso no basta. Cerca del 12% de los cerca de 2 millones de viviendas en Lima serían derruidas y el número de víctimas es de probabilidad alarmante. Sigamos trabajando en prevención.

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