La defensa del supuesto derecho del aún ministro Urresti para decir lo que quiera, que hizo ayer la mediocre Primer Ministra, muestra el talante autoritario de un gobierno que disfruta con las patanerías que el general en retiro dirige hacia la oposición.

Daniel Urresti actúa como ministro de Estado, por tanto los agravios que lanza los hace en ejercicio de un puesto que le exige neutralidad y respeto hacia los ciudadanos. Por el contrario, actuando en nombre del Estado, en ceremonias oficiales, agravia a periodistas, políticos, medios de comunicación y todo aquel que se atreva a cuestionarlo.

¿Por qué cree Urresti que no se le puede criticar?

Pues porque no tiene formación democrática. Cree que el Perú es su cuartel y él el general con licencia para abusar. El poder lo ha mareado. No conoce aquella idea de la “austeridad republicana” que exige a las autoridades un comportamiento discreto y ponderado, respetuoso de la ley, escrupuloso en el manejo de los bienes públicos.

Urresti por el contrario es producto de la farandulización de la política. Para él lo importante es ser famoso, no importa cómo. Es una suerte de “Andy V” de la política nacional: buscando ser notorio no en base a sus habilidades, sino a cuanto escándalo puede producir. Y sin duda lo ha logrado.

El presidente Humala debe entender que este comportamiento daña a la democracia, en tanto afecta la credibilidad de las instituciones y el respeto que los ciudadanos deben tener hacia sus autoridades. Urresti es un personaje “chusco y chabacano”, que es lamentablemente algo de lo que se precia nuestro mandatario: Urresti debe irse.