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ALAN GARCÍA

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VÍCTOR RAÚL Y CUATRO POEMAS

En la iglesia de San Sebastián de Madrid, donde está enterrado Lope de Vega, he visto nuevamente la placa que recuerda su muerte -27 de agosto de 1635- y, en el silencio del templo, he recordado la aguda voz de Haya de la Torre, recitando tantas veces La Noche, el soneto de Lope.

27 de Noviembre del 2016 - 07:27 ALAN GARCÍA

En la iglesia de San Sebastián de Madrid, donde está enterrado Lope de Vega, he visto nuevamente la placa que recuerda su muerte -27 de agosto de 1635- y, en el silencio del templo, he recordado la aguda voz de Haya de la Torre, recitando tantas veces La Noche, el soneto de Lope.

Víctor Raúl era noctámbulo, no dormía antes de las tres de la mañana. Tal vez porque a esa hora fue capturado en 1932 por el gobierno de Sánchez Cerro, o porque en la soledad nocturna del perseguido tenía mayor libertad para reflexionar. Hegel dijo que el mochuelo (lechuza) de Minerva, diosa de la sabiduría, “abre su alas al caer el crepúsculo”, explicando, de esa manera, que la filosofía repiensa los hechos y la vida después que estos se han cumplido. Imagino que mucho de la poesía también es nocturnal porque reconstruye en sensaciones estéticas imprecisables el color más definido de la vida. Y pienso que Haya de la Torre era como el ave de Minerva, y su mundo esencial, la noche, en la que multiplicaba su entusiasmo e inteligencia. “La mejor mitad de la vida”, como señaló Goethe.

Muchas veces, a las tres de la mañana, partía de su mesa en la Casa del Pueblo recitando a Lope: “Noche, fabricadora de embelecos/ loca, imaginativa, quimerista/ que muestras al que en ti su bien conquista/ los montes llanos y los mares huecos”. Bajando la escalera, continuaba: “Habitadora de cerebros huecos/ mecánica, filósofa, alquimista”. Y su voz, perdiéndose en el pasillo, culminaba: “Encubridora vil, lince sin vista, espantadiza de tus mismos ecos”.

Como la vida es un partir continuo, en otras noches, agravando la voz, repetía: “Vámonos pues, por eso, a comer yerba/ carne de llanto, fruta de gemido/ nuestra alma melancólica en conserva”. Y en este caso, al recitar, no caminaba. Hundía en el interlocutor sus pequeños ojos verdes, vueltos de raíz al Trujillo del Grupo Norte y César Vallejo de 1920. Pero no partía, solo amenazaba: “Vámonos, vámonos, estoy herido/ vámonos a beber lo ya bebido/ vámonos cuervo a fecundar tu cuerva”. Era su oración pagana y nocturna para el amigo de juventud.

Porque su oído musical y oratorio encadenaba cada frase con un verso, dando así intensa humanidad a su argumento, incluso, ante sí mismo. Presa de terribles dolores, una noche de febrero de 1979 y mientras le aplicaban un calmante, le escuché musitar: “Vámonos, vámonos, estoy herido”. Pero hubo quienes no entendieron ese mundo poético. Años antes, otra noche de 1967, caminaba con un grupo hacia un café, en la rue Sebastopol, de París. Súbitamente, detuvo al conjunto bajo un farol y recitó el poema Vocales, de Rimbaud, el poeta maldito: “A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu, voyelles… Je dirai quelque jour de vos naissances latentes…”. Mejía Valera, el intelectual que me narró la escena, lo escuchaba extasiado. A su lado, un agregado militar que fuera después “presidente golpista” dijo a Mejía: “Este hombre, que recita en francés, no puede ser un buen presidente del Perú”. Y un año después, en 1968, perpetró que su profecía se cumpliera. Así de duras, la verdad y la vida.

La poesía lo acompañó, aun cuando ya no pudiera recitarla. En abril de 1979, un pequeño derrame limitó su habla. ¿Cómo acompañarlo? ¿Hablándole, si no podía dialogar? Comprendí que la poesía era el mejor camino y me turné con un joven compañero, Wilbert Bendezú, para leerle en las noches. En una de ellas recité mis versos preferidos de La vida es sueño de Calderón de la Barca, pero él me indicó otros en el texto escrito: “Yo vi entre piedras finas, de la docta academia de sus minas, preferir el diamante y ser su emperador por más brillante” (…) “Yo en esas cortes bellas de la inquieta república de estrellas, vi en el lugar primero por rey de las estrellas al lucero”. Y escuchaba, balbuceando: “Qué bello, qué bello”.

Así entró Víctor Raúl en la noche luminosa, estética, filosófica, escuchando poesía. Y cuando más adelante me tocó volver al Perú, tras diez años de ausencia, recité esos versos ante su alma colectiva reunida en la Plaza San Martín. Como un mensaje a él, y a los jóvenes que, como él, viven poéticamente.

NOTA: Esta columna fue enviada antes de conocerse la muerte de Fidel Castro.

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