La segunda fecha de Bad Bunny en Lima fue una noche construida con capas, memoria y sentido. No se trató únicamente de un despliegue de hits ni de un ejercicio de poder escénico, sino de un relato cuidadosamente estructurado que fue de lo íntimo a lo explosivo, de la nostalgia a la euforia. Desde el inicio, quedó claro que esta presentación tenía una intención narrativa distinta, pensada para ser vivida como una experiencia completa y no como una simple sucesión de canciones.
El tour “Debí Tirar Más Fotos” volvió a desplegarse ante un público que ya no llegó como espectador, sino como parte activa del relato que el artista puertorriqueño propone en esta gira: una celebración de la memoria, las raíces y la identidad.
Desde horas antes del inicio del show, el entorno del estadio ofrecía una postal poco habitual en la capital. El público, mayoritariamente joven, apostó por vestuarios veraniegos, colores vibrantes, camisas abiertas, tops, gafas oscuras y bandanas que evocaban sin pudor el estilo boricua. Lima, por momentos, parecía rendirse al clima y la estética del Caribe, como si la música de Bad Bunny hubiera logrado alterar incluso la temperatura emocional de la ciudad.
La noche comenzó con Chuwi como acto de apertura, aportando una cuota de sensibilidad alternativa y reafirmando el puente generacional y estético de la nueva música puertorriqueña. Su presentación fue recibida con atención y respeto, funcionando como un prólogo sonoro que preparó emocionalmente al público. Chuwi no buscó imponerse, sino conectar, y lo logró con un set que dejó en claro que la identidad boricua tiene múltiples voces y registros.
Cuando Bad Bunny finalmente apareció en escena, el Estadio Nacional estalló. Sin excesos innecesarios, pero con una puesta en escena cuidada al detalle, el artista fue construyendo un viaje musical que transitó por distintas etapas de su carrera. Cada canción parecía dialogar con la siguiente, y entre ellas se colaban silencios, gestos y visuales que reforzaban el concepto del tour: recordar, mirar atrás y resignificar el pasado.
No era solo Bad Bunny reinterpretando su obra; era Bad Bunny dialogando con la tradición musical de su tierra. Los Sobrinos aportaron elegancia, profundidad y una sensación casi familiar al espectáculo, reforzando el carácter nostálgico del álbum. El público, lejos de dispersarse, escuchó con atención y respeto, cantando con emoción cada verso, como si ese primer tramo del concierto fuera una confesión compartida.
Visualmente, esta sección se apoyó en una puesta sobria y emotiva, donde la música fue el eje central. El ‘Conejo Malo’, con un vestuario que combinaba lo clásico y lo contemporáneo, se mostró contenido, reflexivo, dejando que las canciones respiraran. Fue un inicio arriesgado para un artista de estadios, pero también una declaración de madurez artística.
A medida que el show avanzó, la atmósfera fue mutando. Las luces, los beats y la energía del público se elevaron sin retorno. Lima respondió con una entrega total, saltando, gritando y convirtiendo el recinto en una pista de baile multitudinaria. Cada canción fue celebrada como un himno, reforzando el vínculo entre el artista y su audiencia.
La esencia puertorriqueña se mantuvo como hilo conductor durante toda la noche. Estuvo presente en los ritmos, en las visuales, en los gestos y en el discurso implícito de Bad Bunny, quien nunca se distancia de sus raíces. No hubo traducciones ni concesiones: Puerto Rico estuvo en Lima, vivo y vibrante.
Uno de los espacios más comentados de la noche volvió a ser La Casita, ese escenario íntimo dentro del show donde Bad Bunny invita a figuras del medio local. En esta segunda fecha, las miradas se dirigieron rápidamente a las invitadas, entre las que se pudo ver a Vania Bludau, Luana Barrón y Melissa Paredes, además del bailarín Anthony Aranda. Su presencia no pasó desapercibida y generó una ola de comentarios tanto en el estadio como en redes sociales, reafirmando que cada concierto también es un evento cultural y mediático.
El clímax del espectáculo llegó con la aparición de Ñengo Flow como invitado especial. El reggaetonero puertorriqueño encendió aún más los ánimos y reforzó ese puente entre el reggaetón de la vieja escuela y la evolución sonora que Bad Bunny ha sabido capitalizar. Fue un momento de comunión total, donde el público respondió con saltos, gritos y coros que retumbaron en todo el recinto.
Sin embargo, el instante más exclusivo de la noche quedó reservado para los verdaderos fanáticos. La interpretación de “Booker T”, canción que solo sonó en esta segunda fecha en Lima, fue recibida como un obsequio inesperado. El tema se convirtió en uno de los puntos más memorables del concierto, sellando una presentación que ya se sentía distinta y especial.
Cada tema era recibido como un recuerdo compartido, una historia personal que encontraba eco en el estadio. Hubo saltos, abrazos entre desconocidos y celulares en alto intentando capturar un instante que, aun así, parecía imposible de contener en una pantalla.
En los momentos más íntimos del concierto, cuando las luces bajaban y el ritmo se tornaba más introspectivo, el público respondía con una atención casi reverencial. No hubo distracciones: se cantó, se escuchó y se sintió cada palabra. Bad Bunny, consciente de esa energía, se permitió pausas breves para observar al público limeño, que respondió con aplausos prolongados y gritos que parecían agradecerle no solo el show, sino la honestidad emocional de su propuesta.
El cierre dejó la sensación de haber asistido a algo más que un concierto. Bad Bunny no solo ofreció un show impecable en lo musical, sino una experiencia que apeló a la nostalgia, al orgullo latino y a la construcción de identidad desde la música. En su segunda noche en Lima, el artista volvió a demostrar que su propuesta trasciende el escenario y se instala, aunque sea por unas horas, en la memoria colectiva de quienes estuvieron ahí.
Bad Bunny trajo a Lima el orgullo de sus raíces puertorriqueñas en una noche de ritmo y memoria (CRÓNICA)
Con un espectáculo cargado de energía y orgullo boricua, Bad Bunny hizo vibrar Lima en un concierto donde la nostalgia y la identidad latina se mezclaron ante miles de fanáticos que corearon cada canción de su tour “Debí Tirar Más Fotos”.