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BIELSA: ENTRE EL MITO Y LA REALIDAD, columna de Juan Carlos Gambirazio

Periodista y editor

Juan Carlos Gambirazio

Actualizado el 28/06/2026, 09:13 a.m.

Hay entrenadores exitosos. Hay entrenadores influyentes. Y luego está Marcelo Bielsa, un caso extraño en el que ambas categorías no siempre coinciden. Su influencia resulta indiscutible. Su palmarés, en cambio, da paso a la discusión. Sin embargo, pocas figuras en el fútbol contemporáneo parecen haber quedado tan protegidas de un juicio exclusivamente deportivo.

Negar el aporte de Bielsa al fútbol sería absurdo. El propio Josep Guardiola lo ha señalado como una de sus mayores referencias. Decenas de entrenadores y futbolistas destacan su capacidad para interpretar el deporte como pocos. Su obsesión por el detalle, la presión, el movimiento y la preparación táctica cambió la manera de entrenar de varias generaciones. Nadie en su sano juicio puede sostener que Bielsa no sabe de fútbol.

Pero un entrenador no vive únicamente de las ideas que deja, sino también de los resultados que alcanza y de la manera en que conduce a los grupos humanos que tiene a su cargo. Y allí aparecen preguntas que con Bielsa suelen formularse en voz baja. Uruguay acaba de cerrar un ciclo mundialista deplorable y, una vez más, reaparecen cuestionamientos que ya lo habían acompañado en otros procesos: dificultades en la convivencia, cortocircuitos con algunos futbolistas y una comunicación que, por momentos, parece levantar más barreras que puentes.

A ello se suma una construcción pública que, muchas veces, termina confundiendo personalidad con virtud. Sus desplantes con la prensa, su incomodidad frente a las cámaras, sus gestos adustos o sus constantes reflexiones sobre lo que el fútbol debería ser suelen ser celebrados como si cada uno escondiera una lección profunda. No siempre es así. A veces un mal gesto es solo un mal gesto, y una frase solemne no deja de ser discutible por el hecho de haber sido pronunciada por Bielsa.

Algo parecido ocurre cuando denuncia el mercantilismo del fútbol. El diagnóstico puede contener verdades, pero no deja de provenir de alguien que ha desarrollado toda su carrera dentro de esa misma industria. Criticar al sistema no es ilegítimo; convertir esa crítica en una superioridad moral, quizá sí lo sea.

Quizá el mayor triunfo de Bielsa no haya ocurrido en una cancha. Tal vez haya consistido en lograr que una parte del mundo del fútbol lo evalúe con una vara distinta. La pregunta no es si Marcelo Bielsa es un gran entrenador. Probablemente lo sea. La pregunta es otra: ¿por qué a casi nadie más se le permite perder tanto crédito deportivo sin que se resienta, en la misma proporción, el tamaño de su leyenda?

BIELSA: ENTRE EL MITO Y LA REALIDAD, columna de Juan Carlos Gambirazio

Periodista y editor

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