¿Por qué nos llevamos tan mal entre peruanos? No es casualidad. Lo vimos con el presidente Balcázar: echa culpas a los judíos de la guerra mundial. Graves dichos, expresiones inaceptables, pero peor es la reacción. Sale su canciller a decir que el público lo malinterpretó. Siempre igual. El presidente no se equivoca; el que no entiende es el otro.
Esa actitud no es un desliz aislado. Buena parte de sus antecesores en esta última década calificaría de modo similar. Es un patrón educativo poderosísimo. Los jóvenes no aprenden de los textos escolares, aprenden de lo que ven en los adultos con poder. Y lo que ven es esto: quien manda nunca asume un error. Siempre hay un chivo expiatorio. Siempre la culpa es del oyente, del adversario, del que critica.
Imagínese lo contrario. Que Balcázar hubiera dicho: “Me equivoqué, fue inapropiado, ofrezco disculpas”. Ese gesto sencillo tendría un valor pedagógico inmenso. Enseñaría que errar es humano y que reconocerlo es fortaleza, no debilidad.
Pero no ocurre. Prefieren delegar en un comunicado sin firma o en un vocero que “explique” lo inexplicable. Así se construye una convivencia asimétrica, hostil, donde el líder siempre acierta y el ciudadano siempre malinterpreta.
Por eso nuestra hostilidad cotidiana. No es solo política ni escolar. Es un problema de modelos. Hemos sido educados por líderes que no rectifican. Si queremos un Perú menos confrontacional, necesitamos líderes que encarnen la democracia, no que la desdigan con cada gesto eludido. La convivencia no se enseña: se encarna. Y aquí, lamentablemente, se deteriora día a día.