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EL BAILE QUE SE EXTINGUE, columna de Juan Carlos Gambirazio

Periodista y editor

Juan Carlos Gambirazio

Actualizado el 06/07/2026, 09:27 a.m.

Durante medio siglo Europa quiso aprender a jugar como Brasil. Hoy Brasil parece empeñado en aprender a jugar como Europa. Y hay pocas ironías tan crueles como la que dejó este Mundial: terminó siendo Erling Haaland, probablemente el futbolista que mejor representa el modelo europeo contemporáneo, quien eliminó a la selección que durante décadas enseñó al planeta que el fútbol también podía bailarse. Lo curioso es que Haaland ha recorrido este Mundial con un perfil sorprendentemente discreto. Mientras la conversación giraba alrededor de otras figuras, el noruego fue acumulando goles con la naturalidad de quien convierte la eficacia en una rutina. Ya suma siete tantos, comparte la cima de la tabla de goleadores y fue suficiente para derribar a un gigante que volvió a parecer incómodo consigo mismo.

Brasil no perdió únicamente porque Noruega jugó un gran partido. Perdió porque volvió a mostrar una crisis de identidad que lleva años incubándose. En su afán por recuperar la supremacía perdida, decidió modernizarse mirando hacia Europa. No hay nada reprochable en incorporar nuevos métodos, perfeccionar la táctica o mejorar la preparación física. El problema aparece cuando la modernización deja de ser una herramienta y empieza a reemplazar aquello que hizo único a un equipo.

Europa evolucionó sin dejar de ser Europa. Alemania siguió creyendo en el orden. Italia en el rigor. España en la posesión. Francia en la potencia y el talento. Brasil, en cambio, fue desprendiéndose lentamente de aquello que lo distinguía: la irreverencia, la imaginación, la alegría para jugar.

La llegada de Carlo Ancelotti simboliza ese recorrido. No porque el técnico italiano sea responsable de esta eliminación. Sería injusto. Es uno de los mejores entrenadores de todos los tiempos. Pero su contratación reveló hasta qué punto Brasil sintió que las respuestas debían buscarse fuera de casa. Nunca antes su selección absoluta había confiado en un entrenador europeo. A eso se suma una realidad difícil de revertir.

Los futbolistas brasileños parten cada vez más jóvenes hacia Europa. Allí aprenden sus ritmos, sus prioridades y su manera de entender el juego antes de terminar de absorber la identidad futbolística con la que Brasil conquistó al mundo. El resultado son jugadores extraordinarios, pero cada vez menos reconocibles como brasileños. Las lágrimas de Neymar, parecen las lágrimas de un fútbol extinto. Nadie pide volver a 1970 ni renunciar al progreso. Sería absurdo.

La evolución no consiste en dejar de ser uno mismo, sino en encontrar nuevas formas de seguir siéndolo. Durante décadas Europa quiso aprender a bailar como Brasil. Hoy Brasil parece decidido a caminar como Europa. Y quizá, sin darse cuenta, dejó de escuchar la música que lo convirtió en leyenda.

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EL BAILE QUE SE EXTINGUE, columna de Juan Carlos Gambirazio

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