David Toscana encontró una grieta en la Historia para contar la vida de un grupo de soldados derrotados que regresan a su patria como el rostro más terrible del fracaso. Sin embargo, en medio de ese panorama oscuro, encuentra belleza, humor y dignidad. “El ejército ciego”, ganadora del Premio Alfaguara de novela 2026, es una ficción que ahonda en la épica de las pequeñas acciones que confronta las tinieblas de una ceguera forzada. En los libros de historia, se cuenta que, en la batalla de Klyuch de 1014, los bizantinos derrotaron a los búlgaros y su rey, Basilio, ordenó que se les arrancara los ojos a los 15 mil prisioneros, dejando solo a un tuerto por cada cien ciegos para que pueda guiarlos de vuelta a su tierra. El zar Samuel los recibe y muere de la impresión de verlos. Eso dicen los hechos históricos, pero no se dan más detalles de lo qué pasó con los ciegos en Bulgaria. Ahí es donde la literatura brota, en las preguntas. El escritor mexicano toma la voz de uno de los ciegos para narrar el mundo desde esas penumbras y revelar uno nuevo, lleno de infortunios, por supuesto, pero con muchas dimensiones, logrando un relato maravilloso sobre la existencia. La ausencia de la vista sirve para tocar, oler y escuchar la realidad de otra manera. También para redescubrir la resistencia del ser humano ante la crueldad y el desarraigo en su propio hogar. Quizá una de las mayores virtudes de este libro, que está muy bien escrito, desde un lenguaje poético pero sin caer en un lirismo excesivo, es el contraste y la ambigüedad entre la fatalidad y la ventura, en escenas memorables como las de los ciegos jugando como niños en el mar para celebrar “el triunfo de las tinieblas sobre la luz”. O en la muerte más solitaria: “El otoño le regaló un manto de hojas. Los niños venían a verlo y a picotearlo con ramas secas. Las hojas rojas y amarillas eran como el fuego”. Y el humor es otro de los logros más notables de esta novela, como las bromas de Seráfim, el joven de ojos azules que se ríe de su propia lobreguez y cuya familia, a pesar de la pérdida, también bromea con él en un hilarante episodio. Toscana opta por la solemnidad y también se ríe de este estilo, como en el momento en que, rumbo a una segunda guerra, se dice esto: “Kozaro el escriba dijo que no había arma más poderosa que la pluma, pero en esos días prefería confiar en la espada”. Un libro memorable, de alta calidad literaria, que complejiza la condición humana sin miramientos.
EL EJÉRCITO CIEGO, columna de Bryan Paredes
Columna de opinión.