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EL FIN DE LOS COMPLEJOS, columna de Juan Carlos Gambirazio

Periodista y editor.

Juan Carlos Gambirazio

Actualizado el 20/06/2026, 07:25 a.m.

Aquella época en la que Estados Unidos era apenas un invitado exótico de los Mundiales quedó atrás. Se trataba de un país con recursos ilimitados, atletas extraordinarios y un mercado gigantesco, pero incapaz de trasladar todo eso al deporte más popular del planeta. El gigante norteamericano parecía condenado a mirar desde la periferia cómo Europa y Sudamérica escribían la historia. Y, claro, el Imperio no podía permitirse eso.

Estados Unidos ya no compite desde la curiosidad, lo hace desde la convicción. Construyó una cultura futbolística propia, una identidad impulsada por la MLS que dejó de ser refugio de estrellas veteranas para convertirse en una liga que invierte, forma jugadores y alimenta el crecimiento de su selección. Exporta futbolistas a las mejores ligas del mundo y ya tiene un perfil identificable: atletas con velocidad, disciplina y táctica. A esto se suma que cada vez son más completos con el balón.

Pero lo más importante no es Estados Unidos, sino aquello que representa porque su crecimiento simboliza el derrumbe del viejo complejo de inferioridad que durante décadas acompañó a los países alejados de la élite tradicional. La historia ya no es suficiente. El dinero bien invertido, la planificación y la formación acortan distancias que parecían insalvables. El mapa del fútbol dejó de ser patrimonio exclusivo de algunos.

Ahí está Marruecos que ya no sorprende cuando compite de igual a igual con una potencia. Costa de Marfil llega hoy al duelo con Alemania convencida de que puede discutirle el partido. En tanto, Suecia enfrenta a los Países Bajos sin asumir un papel secundario. Son realidades distintas, pero todas apuntan hacia la misma dirección: las jerarquías siguen existiendo, aunque ya no intimidan como antes.

Los gigantes continuarán siendo gigantes, es ingenuo pensar en el final de las potencias tradicionales. Sin embargo, cada Mundial ofrece más señales de que el resto dejó de pedir permiso para sentarse en la misma mesa.

Durante un siglo el fútbol tuvo un centro perfectamente definido, hoy esa imagen empieza a difuminarse. Y no hay dudas de que Estados Unidos es uno de los embajadores más sobresalientes de ese nuevo orden en el que la tradición ya no garantiza el futuro y el complejo de inferioridad parece desvanecerse.

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