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ME GUSTAN LOS ATARDECERES TRISTES, Bryan Paredes

Columna de opinión.

Bryan Paredes

Actualizado el 20/06/2026, 07:26 a.m.

Qué inusual es el último libro de Carmen Ollé, “Me gustan los atardeceres tristes” (Peisa, 2025). Al abordar el tema de la muerte desde distintas miradas, parece un diario o una bitácora, en un espacio donde las reflexiones se unen a las lecturas y a los recuerdos, en un oleaje que avanza a un ritmo propio hasta encontrar inesperadas orillas. La autora empieza esta exploración con la muerte de la nieta de una trabajadora del hogar y luego se desplaza hacia el suicidio de Ada, una amiga de los primeros años. En ese camino, Ollé narra experiencias vitales bajo el marco de la literatura, incluyendo su propia obra, para tratar de entender los vacíos y las inconsistencias que tiene la realidad, la cual sabemos que tiene la facultad de ser menos verosímil que la misma creación literaria. Por eso, la autorreferencialidad, las influencias (hace una especie de antología de poemas y textos narrativos de otros autores) y el caos van de la mano, en una vorágine para aproximarse al mundo de la muerte, de manera general, con otros temas que la alimentan, como el mal, el deseo, la infancia, la poesía, la sabiduría popular. La voz narrativa toma las inquietudes intelectuales y las experiencias personales, entre las que aparece un memorable y breve retrato de Pilar Dughi, la narradora de “La premeditación y el azar” (1989) y “Puñales escondidos” (1998), a través de correos electrónicos que hablan de la muerte (con un diagnóstico médico de cáncer terminal) como una liberación de las ataduras mundanas, como la necesidad de trabajar, que deja de ser urgente cuando la sombra de la muerte está más que delineada.Este libro, que no se puede clasificar dentro de un marco típico, es una publicación muy cercana a las memorias “Destino: vagabunda” (2023), con una voz muy íntima, cercana, que guía al lector en un camino de descubrimientos, a través de sus preocupaciones y cavilaciones.En las primeras páginas del libro, la voz narrativa de Ollé asegura que lo mejor es no recordar ni pensar, siguiendo la recomendación del budista Tipla. “Pero yo siempre pienso y recuerdo”, dice la narradora sobre lo que parece ser un camino ineludible que debe cruzar hasta llegar al sueño y el silencio. Es un libro melancólico, nostálgico y, como bien indica su título, de una belleza triste.

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