Entre los análisis patafísicos que se multiplican después del resultado electoral me asombran hasta la sonrisa los de aquellos pseudopolíticos y opinólogos que confunden en todos los idiomas “apertura democrática” con rendición incondicional. Algunos de estos personajes se desgañitan pontificando, en todas partes y a cada rato, que Fuerza Popular debe ceder las líneas fundamentales de su programa e incluso varios ministerios clave a los derrotados o a los desaparecidos en estas elecciones. Eso, por supuesto, sería peor que un crimen. Sería una equivocación.
El voto popular ha entregado una mayoría suficiente para gobernar al partido más grande del país y esto tiene que asumirse con todas sus consecuencias. Y la consecuencia fundamental de este mandato popular es una y simple: Fuerza Popular señala la línea del Gobierno, actúa en todos los extremos estratégicos, decide la solución para cada problema esencial, convoca a quién considera necesario y conduce con mano firme al Estado (suaviter in modo, fortiter in re) hasta la consecución de todos los objetivos.
Y esto por una razón política también simple: las cuentas se las pedirán a Fuerza Popular, al partido de Gobierno, a Keiko Fujimori, no a sus eventuales aliados o a todos los que se arriman a la velocidad de la luz a todos los gobiernos constituidos que ha tenido nuestra República. Recordemos, además, que con la misma velocidad con que estos se apuntan el primer día de gobierno, con esa misma rapidez traicionan llegada la hora nona, haciendo gala de un gatopardismo digno de la historia universal de la infamia. Dicho esto, es el Partido vencedor quien debe decidir la línea del gobierno dependiendo de lo que convenga al pueblo, no a sus eventuales aliados, para sacar al Perú adelante, por encima del sectarismo, más allá del odio y de la mediocridad.